“Vénganme a buscar”: la beca que cambió la historia de su familia y le permitió ser la primera en recibirse
“Vénganme a buscar”
A los 12 años se fue a una secundaria albergue lejos de su familia y sufrió el desarraigo; soportó la distancia y hoy está estudiando un profesorado
Texto de Micaela Urdinez | Enviada especial
19 de septiembre de 2026
EL SOBERBIO (Misiones). – “Vénganme a buscar. No quiero estar más acá”. Eso recuerda que dijo con tan solo 12 años, la primera tarde que llegó a ese lugar en el que todo parecía viejo y ella solo veía las caras desconocidas de otras niñas que se amontonaban en una habitación.
Lo que pasa con los recuerdos es precisamente eso, que se atan a una emoción. En este caso, era desesperación por volver. “Vénganme a buscar. No quiero estar más acá”, le dijo Daniela Gatti por teléfono a sus padres un lunes de marzo de 2020, ese primer día de clases, desde el Instituto de Enseñanza Agropecuaria N° 9, ubicado en el Paraje El Progreso, en Colonia Aurora. Ellos, en su casa, a casi 50 kilómetros, aguantaban el llanto para sostener la decisión de haber mandado a su hija a una escuela secundaria albergue en la que tenía que dormir de lunes a viernes lejos de ellos. Lejos de todo lo que conocía. Lejos.
Daniela se había criado en la tranquilidad de la chacra en Kilómetro 6 Paraje Naranjera junto a sus padres y a Lucas, su hermano menor. Por las mañanas, iba a la escuela primaria 655 que quedaba a cuatro kilómetros y en la que enseñaba un solo docente a todos los alumnos. Por las tardes, se divertía jugando en el campo con su hermano o con su prima que vivía cerca. No conocía otra cosa que no fuera su casa y la de sus abuelos.
Cuando tuvo que buscar una secundaria para anotarse, en la Escuela de la Familia Agrícola (EFA) que era la más próxima a su casa ya no había vacante y solo le quedó la opción de irse a Colonia Aurora.
–La primera semana me costó un montón porque yo no conocía a nadie, digamos, lloraba a veces. Cuando llegaba la noche, el albergue era más retirado y quedaba cerca de la ruta, entonces teníamos que ir caminando a la tardecita y a veces volver a la noche para cenar y volver después para dormir allá. Y el lugar era bastante viejo porque hacía tiempo ya que estaba y las instalaciones no eran muy buenas.
–¿Qué te dijeron tus papás?
–Me dijeron «aguantá hasta viernes, por lo menos, y ahí vemos si querés seguir o no”. Era algo muy diferente para mí porque yo siempre estuve con mis papás, nunca salía. El primer año costó un poquitito al inicio, pero después uno se acostumbra y ya se va adaptando. Solo los sábados y domingos estaba en mi casa.
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La distancia, el trabajo rural, los problemas de salud y la falta de establecimientos cercanos son algunos de los motivos que llevan a niños y adolescentes de las zonas rurales de Misiones a faltar a la escuela, a ir por temporadas o, incluso, a abandonarla. En el momento en el que Daniela arrancó el primer año de la secundaria, tenía alrededor de 40 compañeros. Al final, solo se recibieron 6. La gran mayoría dejó sus estudios, unos pocos se cambiaron de escuela.
En el nivel primario y por la baja matrícula, cerca del 30% de las escuelas rurales de Misiones funcionan con docente único, donde se nuclean alumnos de distintos grados en una misma aula. “En el nivel secundario, tenemos 15 unidades de gestión local y más de 250 extensiones áulicas, donde asisten más de 3000 estudiantes rurales pluriaño. Otra modalidad son las 10 sedes de Secundarias Rurales Mediadas por TIC (SRTIC), un modelo clave en parajes alejados, impulsado para garantizar la terminalidad educativa, particularmente en las comunidades Mbya-guaraní y zonas aisladas”, señaló Ramiro Aranda, Ministro de Educación de Misiones.
Según el informe “Índice de pobreza multidimensional extrema” realizado en exclusiva para Fundación LA NACION por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), Misiones se encuentra en el puesto 9 de las provincias con mayor niveles de pobreza extrema multidimensional en el país. En ese territorio, 450.000 estudiantes se distribuyen por su tupida geografía. En las zonas rurales, existen escuelas comunes (579 en el nivel inicial, 821 en el primario, 230 en el secundario y uno de nivel superior) y escuelas con la modalidad de ruralidad (5 escuelas para nivel inicial, 14 primarias y 144 secundarias).
“Lo que buscamos garantizar es que haya escuelas en cada rincón de las colonias o paraje misionero”, agregó el funcionario.
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Cuando Marina escucha la pregunta de cómo fue para ella tener que tomar la decisión de mandar a Daniela al internado, viaja instantáneamente a ese desarraigo, a ese momento en el que sentía que le arrancaban a ese bebé que había engendrado, llevado nueve meses en la panza, cargado en brazos, enseñado a caminar y a decir mamá y papá. Después, a escribir las letras, más tarde a hacer las tareas del campo. Los ojos se le inundan y la habita la congoja. No puede hablar. Deja salir la angustia vieja durante unos minutos.
–Ella quería seguir estudiando y era difícil porque era lejos. Pero uno termina acostumbrándose porque siempre quiere lo mejor para ellos. El primer día, fue como a las 5 o 6 de la tarde, me llamó y me dijo: “Yo no me voy a quedar más acá, que papi me venga a buscar”. Y ahí le contestamos: “No, aguantá una semana y después veremos qué vamos a hacer”. Y al otro día ya estaba mejor, se había hecho amigas.
–Y después tu hijo menor arrancó la secundaria en la misma escuela.
–Sí, y fue más tranquilo porque su hermana ya estaba ahí, o sea que nosotros sabíamos que él no iba a estar solo allá. Cualquier cosa la tenía a ella, pero como que te da la misma sensación que, no sé, que están re lejos.
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Hay verde, mucho verde. Hay pinos que enmarcan el camino principal que lleva hasta la casa. Hay un pasto chillón que cubre toda la superficie y yuyos que hacen fuerza para crecer. Hay una plantación de mandioca. Hay, arriba, a unos kilómetros cuesta arriba, lo que ellos llaman “el rosado” y que es donde su papá, Héctor Gatti, tiene la plantación de tabaco.
A unos metros de la vivienda, en medio de esta fiesta natural, Daniela, —ahora con 18 años y que vive en un departamento en la ciudad de El Soberbio donde estudia para Profesorado de Inglés— se sienta en un tronco acostado para contar su historia que es similar a la de tantos otros adolescentes de las zonas rurales de Misiones: nacida en la chacra, hija de padres tabacaleros que solo pudieron hacer hasta la primaria, tuvo que crecer de golpe y hacerse grande para soportar el desgarro de ir a una escuela secundaria albergue, que pudo terminar.
Quizás, de no haber recibido una beca de la ONG Conciencia que sirvió para cubrir todos los costos de su estadía en la escuela, la historia hubiera sido distinta. Quizás, sus padres no hubieran podido sostener tantos gastos. Quizás, esa barrera económica es la que hace que tantos otros alumnos se caigan del sistema y no logren seguir.
“Como trabajamos en zonas rurales, el contexto cultural y social que tenemos y las características geográficas de Misiones hacen que estén muy aisladas las familias, muy lejos una de otra, y también de las instituciones. El objetivo del Programa Porvenir es que los chicos vayan a la escuela y permanezcan, y ahí están las diferentes líneas, como becas, que es donde hacemos un acompañamiento económico a los adolescentes de secundaria que decidieron seguir estudiando”, dice Maira Rodríguez Quevedo, coordinadora del Programa Porvenir de la ONG Conciencia. En 2026, fueron más de 200 los estudiantes de diferentes localidades de la provincia que recibieron este apoyo; como contrapartida, se les exige que permanezcan en la escuela, presentismo y que mantengan un buen nivel educativo.
–Una de esas becadas fue Daniela.
–Sí, ella recibió la beca durante cuatro años de los seis que estudió. Es un orgullo que ella haya podido concluir la secundaria y que ahora esté estudiando un profesorado. Ahí estamos acompañándola también en este proceso.
–Y con la beca por lo menos le resuelven algo de lo económico a la familia.
–Exacto. La vida en las zonas rurales es una vida dura, con muchas horas de laburo y mucha exposición. Entonces como que los papás anhelan para sus hijos una mejor calidad de vida y apuestan en la educación. Nos contaba el papá de Daniela que la beca le aliviana la economía familiar porque ellos tienen que cubrir los costos de llevarlos, de comprarles los útiles, la vestimenta, lo que necesitan para estudiar.
–Y ahora está becado el hermano también.
–Sí, desde el año pasado. Él está en segundo año.
“Fui solo dos meses a la secundaria porque era albergue. Extrañaba muchísimo. Yo pensé que mis hijos tampoco se iban a poder quedar allá, pero fue diferente. Ya mí me pone orgulloso eso. O sea, Dani aguantó”
Héctor Gatti, papá de Daniela
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Tiene puesto un jean, una remera con cuello y un gorro para protegerse del sol. Héctor Gatti está en el secadero, un galpón abierto de madera, donde apila el tabaco prensado como ya lo hizo tantas veces. Es nacido y criado en la chacra. A sus 10 años, empezó a ayudar a su papá dándole de comer y de tomar a los chanchos, haciendo tareas de limpieza, ocupándose de ordenar el patio. Al poco tiempo, arrancó con el tabaco.
–Terminé la primaria y fui solo dos meses a la secundaria. No quise porque era albergue. Me costó mucho porque siempre estuve acostumbrado a estar con mi papá y mi mamá. Extrañaba muchísimo.
–Y después tuviste la misma situación con tus hijos cuando tuvieron que ir a la secundaria.
–Sí, yo pensé que ellos tampoco se iban a poder quedar allá, pero fue diferente. Se quedaron y a mí me pone orgulloso eso. O sea, Dani aguantó. Dani aguantó.
–¿Cómo fue esa primera semana en la que ella se fue?
–Pasamos casi todo el día llorando por la falta. Pero hay que acostumbrarse porque es lo mejor para ellos, ¿no? A mí me gusta la chacra, pero no me gusta que ellos sufran lo que sufro yo. Entonces, para ellos el estudio es lo importante.
–¿Cómo es para vos, como papá, tener una hija que está yendo a la universidad?
–Para mí es un orgullo total. Porque nosotros que vivimos en la chacra no producimos mucho. Y ella pone todo su esfuerzo.
–¿Cómo la describirías a Dani?
–Es inteligente, estudiosa y educada.
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Había que decidir el futuro. Daniela ya tenía su título de Técnica en Producción Agropecuaria de la secundaria y pensó en seguir Veterinaria (pero la universidad quedaba muy lejos, en Corrientes), pensó en el Profesorado de Ciencias Agrarias (pero también quedaba lejos). Y ella no quería estar lejos. Entonces averiguó qué opciones tenía cerca en El Soberbio. Y ahí surgió el Profesorado de Inglés. Era eso, o Profesorado de Educación Inicial y Educación Primaria.
–Pero yo maestra no quería ser, desde chiquita nunca quise ser maestra. Y el Profesorado en Inglés te permite elegir entre trabajar en jardín, primaria, secundaria, pero también sirve para un montón de cosas más, para un traducturado, digamos, o trabajar por ahí en otras cosas online.
–Si hubiera habido una carrera vinculada con algo agropecuario acá, ¿hubieras elegido eso?
–Sí.
Hace unos meses que Daniela, que está de visita en la casa de sus padres, vive sola en El Soberbio para seguir sus estudios. Se ocupa de todas las tareas de la casa, cocina, limpia. Lo que más le costó, dice, fue tener que dormir sola y acostumbrarse a los ruidos del pueblo.
–¿Qué significa para vos el esfuerzo que hacen tus papás para que puedas estudiar y tener una vida distinta?
–Ellos trabajan para nosotros. Veo que hay padres que no se importan mucho por la educación de sus hijos, que no hacen tanto esfuerzo. Y además acá son solo ellos dos para trabajar, entonces yo sé que es difícil y que encima es un trabajo constante. No hay descanso.
–¿Tenés todo lo que necesitás para la facultad?
–Hace poquito me compré una computadora, pero me está faltando una impresora.
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Marina recuerda que en su infancia, ella y sus ocho hermanos trabajaban en la chara. Cuando ella estaba en sexto grado, su mamá la sacó de la escuela para que la ayudara a criar a su hermanito que acababa de nacer. “Los chicos en casa no saben lo que es ir al rosado”, dice Marina, para dejar en claro que ellos eligieron que sus hijos se dedicaran a la escuela.
–¿Cuánto los ayudó la beca?
–Un montón porque en un momento teníamos a los dos en la escuela. El tabaco se vende de forma anual y con esa plata hay que tirar todo el año. Y entonces la podíamos usar para una ropa, un calzado y cualquier otro ítem que necesiten.
–¿Qué es lo que más te preocupa hoy?
–El futuro de ellos. Uno piensa mucho en eso porque no es fácil. Uno siempre pide que les vaya bien, que estudien y que nunca bajen los brazos. A Dani la mirás y parece ser frágil, pero ella enfrenta sus miedos y sigue adelante.
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Daniela Gatti se crió en la tranquilidad de la chacra en Kilómetro 6 Paraje Naranjera, en la zona de El Soberbio, en Misiones. Sus padres son productores tabacaleros que hicieron y hacen un gran esfuerzo para apostar por la educación de sus hijos. Durante la secundaria, Daniela recibió una beca de la ONG Conciencia que fue un gran alivio para su familia, la terminó y hoy vive sola en el pueblo para estudiar el Profesorado de Inglés.
Cómo colaborar:
Las personas que quieran ayudar a Daniela a comprar una impresora y a becar a otros adolescentes de las zonas rurales para que puedan seguir la secundaria, pueden hacerlo donando al alias CONCIENCIADONACION o comunicarse con Inés al +54 9 11 4027 4055 o por mail a donantes@conciencia.org
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