La etapa nacionalista de la experiencia libertaria
Se aceleran los brotes de encendido nacionalismo malvinero a medida que día a día aumenta el desencanto con la experiencia libertaria. Dada la dinámica de desdoblamiento en al menos la mitad de las provincias, que a partir de marzo o abril inaugurará un interminable año repleto de domingos comiciales, el principal interrogante es si el Gobierno podrá, en apenas dos trimestres, mejorar un humor social caracterizado por la pesadumbre respecto de la situación económica. Las promesas incumplidas sobre las utopías con las que Milei ganó en 2023 obligan a echar mano al imaginativo arsenal simbólico de un Santiago Caputo que, de estar casi relegado en el escalafón del poder real oficialista, volvió a ser el pilar comunicacional de un gobierno que no podía ni estaba en condiciones de encontrarle un reemplazante, a pesar del cimbronazo que implicó el affaire Cerimedo. “Frotó de nuevo su lámpara discursiva, le dio un renovado propósito a un presidente paralizado en la autoimpuesta estrechez de opciones de instrumentos de política económica”, aseguró desde su oficina en Montevideo un agudo observador de la realidad nacional con reconocida trayectoria en el mercado de capitales.
Y vaya que el Presidente aprovechó el nuevo papel que le propuso su principal asesor. El miércoles pasado, en ocasión de la inauguración del Museo de Granaderos, aseguró que “Malvinas es una causa nacional… No es de un gobierno ni de un partido, con esto no puede haber grieta alguna. Hoy todos los argentinos juntos tenemos que disponer de las herramientas con las que contamos para defender nuestra soberanía. Por eso es necesario remarcar que San Martín no liberó medio continente con discursos, lo hizo con acción efectiva, cruzando la cordillera, con logística, con disciplina y entrenando con mucho esfuerzo un cuerpo militar que no existía hasta el momento… De aquella gesta aprendimos que sin decisión ni ejecución es imposible avanzar en nuestras justas luchas… La soberanía de un país no debe ser un relato dirigido desde un atril, sino que debe ser construida y defendida en distintos ámbitos. La soberanía nacional se defiende haciendo crecer la economía de nuestros compatriotas e invirtiendo en la defensa y protección de nuestro suelo y nuestra patria”. El mensaje es claro: degenerados fiscales, empresarios prebendarios y el 95% (o más) de periodistas ensobrados son, como diría la canción de Sui Generis, “bienvenidos al tren”. ¿Serán tratados bien?
¿Dónde quedó aquel topo que venía a destruir el Estado desde adentro? De repente, el hasta hace poco vilipendiado Estado, culpable de casi todos los males del país, cooptado por una casta parásita y depredadora compuesta por una miríada de actores económicos, políticos y sociales que consumían recursos tributarios sin generar valor, tiene, según un presidente “anarcocapitalista”, responsabilidades y funciones inalienables e indelegables. La motosierra, emblema de esos días dorados en que por primera vez un mandatario se animaba a tanto ajuste, sigue en su oficina de la Casa Rosada, que ahora ocupa con más frecuencia. Pero aparece una partida especial para construir la base naval integrada en Ushuaia, vital para el control del tráfico en el estratégico canal de Beagle en “cooperación” con Estados Unidos. Y continúa la pretensión de mantener el apoyo de la “familia militar” que, junto con el ecosistema de fuerzas de seguridad, asciende al millón de votos. Eso explica la recomposición salarial (parcial) anunciada hace dos semanas. En 2023, la encargada de empatizar con dicho electorado era la vicepresidente Victoria Villarruel, con atributos personales típicos de la derecha nacionalista y católica argentina, complementarios a los de Javier Milei. Ante el riesgo de que se fragmente la coalición original de LLA y que eso complique la pretensión de acercarse al umbral del 40%, los estrategas del oficialismo pretenden reconvertir al Presidente en un candidato con una paleta ideológica más amplia y diversa, aunque les preocupe la visita del Papa. “Control de daños”, se escuchó luego de la última reunión de la mesa política.
Esta mutación reconoce profusos antecedentes. En primer lugar, Santiago Caputo promueve un volantazo hacia la “vieja política” cada vez que advierte las severas limitaciones económicas y políticas con las que choca Milei debido a su singular personalidad e inserción en el sistema de poder, combinado con la no menos anómala división del trabajo con “El Jefe”, su hermana Karina, más la práctica de sumisión y alineamiento sin reparos que ambos imponen en su equipo de colaboradores. Esto ocurrió, por ejemplo, con el olvidado “Pacto de Mayo”, que firmaron la enorme mayoría de gobernadores y varios expresidentes. Una pena que Caputo no haya considerado entonces el reclamo por la soberanía de las islas: su actual movida parecería menos improvisada. Además, el Gobierno se encargó de postergar sine die las reformas estructurales propuestas allí. Que una oferta narrativa tan disruptiva como la libertaria abrace conceptos como el consenso y las políticas de Estado es destacable, pero también expresión de la necesidad de ocupar el núcleo de la escena política y el centro ideológico detrás de cuestiones “indiscutiblemente” fundamentales y necesarias. Algo similar ocurre con la repentina “malvinización” de la agenda política nacional.
Otro elemento de continuidad es el hecho de que la experiencia histórica nacional con la que Milei se identificaba más hasta su reciente descubrimiento de la gesta sarmantiniana, la generación de 1880, fue responsable de la construcción de Fuerzas Armadas profesionales en el marco de la formación del Estado moderno. Como estudió Oscar Oszlak en su libro señero, a partir de 1862, pero sobre todo desde 1880, se implementó un conjunto ambicioso y consistente de políticas orientadas a montar la infraestructura institucional, física y simbólica del Estado argentino a los efectos de maximizar las ventajas de la inserción en la economía global como proveedor de alimentos, asegurando la paz interior y asentando la presencia en todo el territorio nacional. En esta nueva encarnación con fuertes atributos nacionalistas, Milei se inscribe a sí mismo en ese linaje de “orden y progreso”. Hasta ahora se recostó en el legado de Nicolás Avellaneda, que implementó una muy severa corrección fiscal para cumplir con los vencimientos de la deuda luego de la expansión del gasto público durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento (ojalá nuestro país tuviera ahora que acomodar las cuentas públicas por haber tenido un presidente tan genial e irreemplazable como el “sanjuanino alborotador”, que con la hacienda pública no fue tan meticuloso como con sus gastos personales). Pareciera que, de pronto, Milei pretende emular a Julio A. Roca, el verdadero arquitecto de la Argentina moderna. Sin embargo, hay una diferencia medular con respecto a esos “padres fundadores” del ciclo de progreso y desarrollo más destacable de nuestra historia: se trataba de una elite profundamente laica, que jamás hubiera utilizado conceptos ni metáforas de origen bíblico en sus narrativas. Las “fuerzas del cielo” no fueron parte de la conversación pública en esa edad de oro, más allá del debate protagonizado por José Manuel Estrada en el marco del Congreso Pedagógico de 1882, que derivó en la famosa ley 1420.
Por último, Milei sintoniza su mensaje doméstico con el MAGA de su admirado Donald Trump, que también recupera una concepción territorialista de la política, sobre todo en materia de defensa y seguridad. Antes de publicar un mapa con la bandera norteamericana que cubría Groenlandia, Canadá, México y el Caribe, propuso modificar el nombre de New Mexico por New America. ¿Pensará Milei denominar “Malvinas Argentinas” a edificios, calles y avenidas? Tal vez así redescubra la importancia de hacer obra pública.
