Se aburría en ingeniería, fue joyero, terapeuta y buscó responder por qué el cerebro no para y fabrica problemas cuando todo está bien
La cabeza humana funciona, a veces, como una pestaña de internet abierta desde hace semanas. Salta de una hipótesis a otra, revisa escenas imaginarias, vuelve sobre conversaciones terminadas hace días, ensaya respuestas para discusiones futuras y fabrica catástrofes con la precisión de un director obsesivo. Cada pensamiento llama al siguiente. Cada duda exige una comprobación extra. La sensación de pausa queda lejos.
Daniel Bogiaizian lleva décadas observando ese mecanismo. Psicólogo especializado en ansiedad, incertidumbre y rumiación mental, construyó gran parte de su carrera alrededor de una pregunta que atraviesa la vida contemporánea, por qué la mente insiste en anticipar peligros incluso en períodos de aparente estabilidad. Su recorrido profesional, sin embargo, comenzó lejos del diván.

La psicología apareció después de un intento frustrado con las ciencias exactas. “Comencé estudiando ingeniería en la UBA, durante ese período realmente me aburría y la pasaba mal -recuerda-. Paralelamente inicié una formación y una terapia personal con técnicas psicodramáticas”. La tradición familiar lo vinculaba al mundo de la joyería y, a los 22 años, ya contaba con un negocio propio. Esa independencia económica facilitó un giro decisivo. Entró a estudiar Psicología en la Universidad de Belgrano y durante más de una década convivieron dos versiones suyas, el joyero y el terapeuta.
Su mirada parte de una idea central: la preocupación funciona como una estrategia mental orientada a anticipar pérdidas o garantizar resultados favorables. El problema aparece cuando ese sistema de alerta se vuelve permanente y consume energía, atención y descanso. En esta entrevista explica por qué la preocupación excesiva puede transformarse en una trampa mental difícil de desactivar y qué herramientas ayudan a recuperar calma y claridad.
-¿Por qué nos preocupamos incluso cuando no hay una amenaza concreta frente a nosotros?
-La preocupación es un proceso mental estratégico cuyo objetivo es anticipar o prevenir un resultado negativo, o garantizarse uno positivo. Los estados de alerta que acompañan a la preocupación no son tan fáciles de desactivar, especialmente si la persona asocia preocuparse con haber obtenido buenos resultados. Incluso cuando no hay una amenaza concreta, puede mantenerse en vigilancia constante, monitoreando posibles riesgos para su bienestar.
-¿En qué momento la preocupación, que puede ser una herramienta adaptativa, se transforma en un estado que nos saca energía y claridad?
-Para preocuparnos necesitamos estar vigilantes, en alerta y en tensión. La preocupación deja de ser adaptativa cuando se vuelve excesiva. Hay dos dimensiones importantes: el tiempo que una persona le dedica a determinado contenido y el nivel de malestar que eso le genera. Una persona puede descubrir un rayón en la puerta de su auto y pasar toda la jornada laboral pensando en eso, en lo descuidada que es la gente y en el daño sufrido. El auto sigue igual, pero terminó el día agotada y con dolor de cabeza.
-¿Qué diferencias hay entre ocuparse de un problema real y quedar atrapados en escenarios hipotéticos que solo existen en nuestra mente?
-Cuando alguien se ocupa de un problema real puede definir la amenaza en términos concretos y avanzar hacia acciones específicas para resolverla. Otra cosa muy distinta es recorrer mentalmente distintos escenarios negativos para intentar controlar el resultado de lo que se teme. Eso genera una ilusión de control: parece que uno está haciendo algo, pero en realidad solo está preocupado.
-Muchas personas sienten que si dejan de preocuparse están siendo irresponsables. ¿De dónde nace esa asociación entre preocupación y compromiso?
-Existen creencias que funcionan como motorizadoras de la preocupación. Una de ellas consiste en pensar que alguien preocupado es alguien serio y responsable. Entonces abandonar ese estado se interpreta como irresponsabilidad. También hay personas que creen que preocuparse las mantiene preparadas por si ocurre algo malo o que la preocupación es una forma de demostrar afecto: “me preocupo porque te quiero”.
Los efectos físicos y mentales de la ansiedad
-¿Cómo impacta la preocupación excesiva en el cuerpo y en la vida cotidiana, más allá del plano mental?
-La ansiedad tiene una dimensión física y otra mental. La física aparece en síntomas de alarma o tensión como taquicardia, sensación de ahogo, sudoración o contracturas. La dimensión mental es la preocupación. No hay preocupación sin tensión, y cuando esa tensión se sostiene durante mucho tiempo aparecen consecuencias concretas: fatiga, problemas para dormir, sobresaltos frecuentes, contracturas o sensación de agotamiento permanente.
-¿Es posible aprender a relacionarnos de otro modo con nuestros pensamientos repetitivos sin intentar controlarlos todo el tiempo?
-Cuanto más intentamos controlar los pensamientos a través de la supresión -“no quiero pensar en esto”- menos posibilidades tenemos de lograrlo. Lo que suele resultar mejor es focalizarse en tareas con sentido o en distracciones naturales, involucrarse en actividades que sean realmente interesantes para la persona.
-¿Qué papel juega la incertidumbre en este fenómeno? ¿Por qué a algunas personas les resulta especialmente difícil tolerarla?
-La intolerancia a la incertidumbre tiene un rol central en la preocupación excesiva. Puede expresarse como dificultad para tolerar los grises, impaciencia, necesidad de certezas absolutas o chequeos constantes. Muchas veces combina dos factores: la necesidad urgente de categorizar todo y la tendencia a pensar el peor escenario posible para sentirse preparados frente a un resultado adverso.

La cibercondría, la estimulación constante y la incertidumbre
-En un contexto social atravesado por crisis y sobreinformación, ¿estamos más predispuestos a preocuparnos de más?
-Las personas tenemos una capacidad limitada para procesar información. El contexto actual, saturado de tecnología y estímulos constantes, aumenta la incertidumbre en lugar de reducirla. Un ejemplo es la cibercondría: la búsqueda compulsiva de información sobre salud en internet, que termina multiplicando dudas y alimentando un bucle permanente de preocupación.
-¿Qué prácticas concretas ayudan a interrumpir el circuito de la rumiación antes de que escale?
-El primer paso es reconocer que uno está entrando en un proceso de rumiación. Esos pensamientos repetitivos y persistentes suelen ser intentos de solución fallida. También ayuda tomar distancia de lo que produce la mente y entender que no todo pensamiento tiene valor ni merece ser analizado indefinidamente.
-¿Cómo influye la historia personal -la infancia, los modelos familiares- en nuestra tendencia a preocuparnos?
-Muchísimo. Las personas que crecieron en contextos de tensión o control prolongado suelen naturalizar la preocupación y les cuesta reconocer su costado nocivo. Los modelos parentales enseñan maneras de reaccionar frente a la incertidumbre. Aunque también puede ocurrir lo contrario: personas que crecieron en ambientes negligentes desarrollan preocupación excesiva como forma de compensar esa falta de seguridad.
Perfeccionismo negativo y exigencia extrema
-¿Qué lugar ocupa la autocompasión en el proceso de soltar la preocupación excesiva?
-La autocompasión ayuda especialmente frente al perfeccionismo negativo y la exigencia extrema. Implica reconocer las propias limitaciones y aceptar que nadie puede controlarlo todo, incluso teniendo las mejores intenciones.
-Si alguien siente que su mente no descansa nunca, ¿cuál sería el primer paso posible para empezar a recuperar calma?

-Bajar la tensión física. La tensión alimenta la preocupación. También sirve ocupar la mente en actividades de baja toxicidad o no productivas, como practicar un deporte, jugar a las cartas o hacer algo lúdico. El juego y los espacios improductivos ayudan mucho a salir del estado permanente de vigilancia.
