Perdón, hijo, me equivoqué: es Messi

Hace unos ocho años, cuando tenías apenas dos, te senté en el sillón de casa -quizás el lugar más sagrado para un futbolero- a ver videos de aquel Dios diabólico y enrulado, con la cinta negra de capitán y las cicatrices de mil batallas: Diego Armando Maradona. Te conté que solo él era dueño del don de bailar con la pelota mientras otros apenas gambeteaban; que era un ganador; que sobre sus hombros vivía la personalidad y el coraje para ser superior a cualquiera, incluso a esa otra joya argentina llamada Lionel Messi, por entonces vacía títulos con la selección.

En mi cabeza, Maradona siempre estuvo por encima de Messi. Siempre. Por eso, hijo, tus primeras camisetas fueron las de Diego: la azul bordada contra los ingleses en el 86 y la celeste cielo del Napoli. Sin darte cuenta, te convertiste en el único niño de tu generación que defendía en el recreo a un héroe -y a un fantasma- del pasado.

Pero el tiempo, que es un justiciero implacable, fue desmoronando mi verdad. Messi, con la paciencia inalterable de los hombres que no necesitan alzar la voz, empezó a responder en silencio. Si Diego era la tormenta perfecta -un héroe de tragedia griega, bravucón, rebelde, jugando en el barro con los cordones desatados-, Messi resultó ser una arquitectura sin ruido, pero con una precisión tan maravillosa como casi perfecta.

Diego jugaba contra el mundo, Lío jugaba contra las leyes de la física y contra las vulnerabilidades de un hombre común. Era un tipo como yo, como cualquiera de nosotros. Era un papá, un hijo, un hermano, un pibe que amaba al fútbol. Me costó admitirlo, pero lo entendí observándolo al caminar por la cancha: cuando parecía un vecino cualquiera esperando el colectivo en una esquina de Rosario, en su cabeza trazaba geometrías invisibles. Y al tener la pelota, el milagro se volvía inevitable. Es un crack. Como Diego, pero acaso… tan distinto.

Y los títulos que tanto le exigimos, llegaron. En Qatar no hubo épica de trinchera ni revanchas. Hubo un maestro maduro cargando a un país entero sobre sus hombros delgados, regalándonos pura belleza. Magia y belleza. Maradona nos dio la gloria nacida del dolor; y Messi nos demostró su reinado tras caer de rodillas en 2016, renunciar a la selección, levantarse, seguir y ganar absolutamente todo.

Messi, tras la final de la Copa del Mundo 2026 con España

Pero la proeza de Messi fue la entereza con la que jugó su último Mundial mientras guardaba para sí la angustia de despedir en su corazón a su padre enfermo. Nunca buscó la compasión de nadie. Se ajustó la armadura, otra vez en silencio, y luchó hasta hasta la final, hasta el final. Él sí que ganó. Él sí que fue campeón del mundo, pese a no traer de EE.UU ni la copa ni el botín de goleador.

Así que te voy pedir perdón, hijo: me equivoqué. Te hice llevar una camiseta de mi infancia, no de la tuya. Los que siempre lo bancaron tenían razón. El más grande de todos los tiempos caminaba entre nosotros: es Messi. Y lo más lindo de todo es que pudimos descubrirlo juntos, ahí mismo, en nuestro glorioso sillón.

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