Para mayores de 60: cohousing, el sueño de la generación silver
Detrás de cada historia hay siempre un sueño compartido. Un grupo de amigos en el esplendor de la vida que la pasan muy bien juntos, (45, 50 años), empiezan a fantasear con la idea de envejecer juntos, de compartir en comunidad esos tiempos en que el horizonte se vuelve nítido y cercano. Un recurso para prolongar la amistad, pero también un antídoto contra la soledad.
Vivir juntos los años del retiro es una forma de envejecer de la que mucho se habla hoy en el mundo silver, que no tiene nada que ver con los geriátricos o los hospitales de día y que, bien pensado y bien organizado, podría aportar salud y calidad de vida. “El cohousing no es solo una alternativa habitacional, es un motor de bienestar donde la autogestión y la toma de decisiones colectivas actúan como un ‘gimnasio mental’ constante, preservando capacidades como la memoria y la fluidez mental”, dice María Luisa Delgado Losada, investigadora de la Universidad Complutense de Madrid y autora del primer estudio científico que demuestra los beneficios del cohousing senior y que se publicó este año en Frontiers in Public Health.
Se trata de un modelo autogestionado y colaborativo, casi siempre en formato cooperativa, que en la práctica se traduce en una propiedad horizontal con equis cantidad de departamentos, o un petit hotel reciclado, un convento reformado, como uno muy famoso de Londres, o un conjunto de casas pequeñas (tiny houses) donde un grupo decidió vivir en comunidad, conservando la independencia que da un departamento privado, pero con un gran menú de zonas comunes de intercambio social. Comedores, salas de juegos, coworking, jardines, talleres, biblioteca, vida al aire libre, pasatiempos, actividades sociales, etc.
Muchos pronostican que será una tendencia en alza debido a un mix de factores: la gente vive más tiempo, la soledad aumenta, hay crisis habitacional en muchos países y los costos suben en dirección inversa a las pensiones de la tercera edad. Con el dato de que seis de cada diez personas experimentan actualmente soledad significativa, la OMS creó no hace tanto una Comisión sobre Conexión Social para tratar el tema. Y según publicó la revista The Lancet, basándose en un estudio sobre 204 países y territorios, en apenas una generación la esperanza de vida mundial pasó de 64,6 años a 73,8.

Todos los entrevistados refieren lo mismo: el proyecto nace de la fantasía de un grupo de amigos y esta semilla es más que importante porque, como suelen decir los holandeses, “primero se construye la comunidad, luego el edificio”. Dinamarca, a mediados de los 70, fue la cuna del cohousing, quizá como una reformulación práctica de las comunidades hippies de la década anterior. El movimiento se esparció por Europa y cruzó a los Estados Unidos, donde el arquitecto Charles Durrett, hoy uno de los principales apóstoles de estas experiencias, inauguró el término basándose en el concepto danés de bofaellesskaber (comunidades de convivencia). Junto a su colega Kathryn McCamant, lo popularizó en América con el libro Cohousing: a contemporary approach to housing ourselves, considerado una obra de referencia.
Siguen por la misma senda Canadá; Israel, que tiene mucho background en experiencias comunitarias (los kibutz, por ejemplo) y presta especial atención al cuidado de su población senior; y Uruguay, considerado un referente importante por los cohousing españoles. En España surgieron entre 30 y 40 de 2018 a 2022, pero ahora las cifras se han duplicado según el Cohousing Finder Spain, aunque mucho de este aumento son proyectos. Algo que los que saben se ocupan de resaltar es que la preparación lleva mucho tiempo. Entre la utopía soñada y el entrar a vivir pueden pasar varios años, entre siete y diez más o menos.
Aunque en la Argentina el fenómeno es muy incipiente, hay una experiencia que lleva más de 50 años y se la considera pionera, ya que surgió al mismo tiempo que en Dinamarca. Se llama Vidalinda, está en Belgrano y se inauguró en 1970.

Los cohousers de ley se encargan de aclarar que no es un emprendimiento inmobiliario, sino un emprendimiento social, de ahí que estén organizados con un sistema cooperativo que desalienta la especulación y apunta a la convivencia solidaria, al cuidado mutuo, a bajar los costos y combatir la crisis de la vivienda. Acá no hay escrituras: los miembros compran el derecho de uso de la propiedad de por vida, operación que en general suele ser más económica que comprar un departamento de dimensiones similares en el mercado inmobiliario. Seniors, gente grande ya retirada, entre los 65 y los 80, más grandes aún incluso, autónomas y sin deterioro cognitivo, o con deterioro muy leve, conforman principalmente la población de los cohousing. Sin embargo, cada vez aparecen más experiencias multigeneracionales y hasta algunas solo para mujeres o solo para hombres, aunque estos son los menos.
Casos emblemáticos
The Times y The Guardian, en Inglaterra, han dado amplia difusión al New Ground Housing, la primera comunidad exclusiva para mujeres. La crearon hace 10 años 26 ‘chicas’ que estaban entre los 50 y los 80 y algo, y provenían de distintas artes y profesiones. Querían, y quieren, combatir el edadismo, también llamado viejismo, que es la tercera causa de discriminación en el mundo luego del racismo y el sexismo. Estaban cansadas –han dicho– de las miradas paternalistas y de infantilización de la gente mayor, representadas por frases como “ya estás grande para eso”, “¿para qué vas a estudiar ahora?”, “no hace falta que trabajes más”, “yo lo hago por vos”, y otras similares.
También para mujeres mayores exclusivamente es The Bird’s Nest (el nido de pájaros), en Cumby, Texas, que creó la jubilada Robin Yerian con sus ahorros. Es una comunidad de casas pequeñas diseñadas especialmente para mujeres que buscaban una alternativa de vivienda económica y colaborativa, y que se ha convertido en un referente. En cambio, una cincuentena de exalumnos de la Austin High School armaron un cohousing mixto para seniors en Westminster con las mismas características: apartamento independiente para cada uno de los miembros y amplias y atractivas zonas comunes.

No hace falta demasiada información para advertir que los motores de estas iniciativas en la mayoría de los casos suelen ser las mujeres. Y para echar luz sobre las causas, la gerontóloga Silvia Gascón, directora del Centro de Envejecimiento Activo y Longevidad de la Universidad Isalud, acercó cifras oficiales del Indec que son muy elocuentes: a los 60 años las mujeres viudas alcanzan el 35 %, mientras que los viudos no pasan del 10 %. Quince años más tarde, el porcentaje de viudas sube a 60 % y muchas de ellas –un 38 %– en hogares unipersonales. Es decir, solas de soledad no deseada en la mayoría de los casos. Solo el 20% de los varones de esa edad, 75 años y más, viven solos. Cifras estadísticas que se recabaron en octubre de 2025 en conmemoración del Día Internacional de las Personas de Edad. “Esta situación es una de las razones por las que es tan frecuente que las mujeres se pregunten ¿con quién vamos a vivir cuando seamos más viejas?, ¿quién nos ayudará si necesitamos algo? En general, no quieren ser una carga para los hijos, pero tampoco quieren estar condenadas al aislamiento y la soledad. Otra característica clave en todo esto es que la mujer es más sociable y gregaria, le resulta fácil crear redes y por eso piensan en la posibilidad de envejecer entre pares”, explica Gascón.
Axuntase, por ejemplo, que está en Caveiras, a 15 minutos de Oviedo, en Asturias, fue soñado por cinco amigas, todas profesionales en plena actividad y con los niños pequeños. “Veníamos de familias numerosas, pero nosotras trabajábamos y, por lo tanto, tuvimos pocos hijos. Nos apenaba que se criaran solos. La crianza era lo que nos preocupaba, igual que preocupaba en los países nórdicos, por eso el cohousing nació allá –recuerda Mary Asua, presidenta de la cooperativa de Axuntase–. Pero estábamos muy liadas y no avanzamos. Recién nos decidimos cuando nos jubilamos o prejubilamos”. Era 2014 y ya tenían entre 39 y 64 años. Al año siguiente, ya constituidas en cooperativa, compraron el terreno; en 2023 pusieron la primera piedra y en 2025 entraron a vivir. Hoy es el primer cohousing intergeneracional de España, emplazado en un terreno de diez mil metros y con 36 residencias más las zonas comunes exclusivas para los miembros (comedor, biblioteca, salones, salas polivalentes, lavandería, zona de juegos, jardín, etc.), y otras abiertas a la comunidad, como salas de conferencias y teatro. Su población está compuesta por parejas, familias y personas solas entre los 3 años y los 80, con un promedio de edad de 47.

“Quisimos replicar un poco la proporción poblacional de Asturias para mantener una variedad de edades hasta los 70 años, que es hasta donde entra la mayoría, –explica María Asúa, coordinadora del lugar–. Se pone límite por arriba porque hay un tema que queremos asumir seriamente y es el de la dependencia o la discapacidad que viene con los años. Es algo muy caro y nuestro reto es sostenerlo como comunidad. Para eso estamos aportando a un fondo todos los miembros según edades y posibilidades. Es decir, que si alguien contrae un Alzheimer o algo parecido, que es lo que más preocupa, que haya una comunidad acogedora que los cuide hasta el final. Sustentabilidad, equidad, solidaridad, autogestión, intergeneracionalidad y cocuidados”. Actualmente, los gastos comunes están en unos 300 euros mensuales.
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También es intergeneracional Confluencia, un proyecto aún en incubadora que funcionará en Cañuelas, a 60 km de Buenos Aires, en un terreno de 17 hectáreas y con el empuje de Jane Brodie (59 años, artista visual), Eduardo Mercovich (57 años, consultor informático) y Silvia Vogl (64 años). Como cooperativa que son, aseguran que pondrán el énfasis en compartir todos los recursos, en respetar el ecosistema y en crear un modelo de convivencia basado en la comunicación empática, la permacultura y la sociocracia como forma de administración.
Muy valiosa es la experiencia relatada por Luis Sancho, el secretario del cohousing Carpe Diem, en las afueras de Montevideo, y que en el primer trimestre del 2027, casi 11 años después de que un grupo de amigas y compañeras de trabajo se animaran a soñar con envejecer juntas, entra en etapa ejecutiva. Empiezan a construir la casa común en medio de un predio de casi siete hectáreas; luego vendrán las casas. Esta década previa la consumió entero el proceso de preparación. Los 16 que se habían reunido decidieron que serían una cooperativa, modelo en el que Uruguay está muy avanzado desde hace muchos años, y con este sello recibieron la asistencia de Incubacoop, una incubadora de proyectos innovadores que les financió el asesoramiento, proveyó tutores, un especialista en gerontología y una arquitecta. El solar que encontraron tiene siete hectáreas, muy arbolado, en las afueras de la ciudad.
“El estudio de arquitectura armó un modelo con la participación de los miembros más el asesoramiento de asistentes sociales, gerontólogos, urbanistas. La base es una casa común más 30 chalets para una persona y 8 para quienes vengan en dupla: pareja, dos amigos, dos hermanos. Las individuales tendrán un costo de entre 90 y 100 mil dólares y los que integran un par, 85 mil cada uno. Se paga el derecho de uso: si alguien se va, se le devuelve lo que puso, y si alguien fallece, se le entrega ese importe a los herederos. El costo total de Carpe Diem, incluyendo lo que costó el terreno más la construcción, está en unos dos millones de dólares”, explica Sancho. El target son personas autoválidas en todo sentido, autónomas y sin deterioro cognitivo.

El caso de Vidalinda, un pionero en la Argentina, aunque luego la fórmula no se replicó, es un cohousing para seniors que se remonta a años en que nadie pensaba en las necesidades que tendría la gente de la tercera edad. Era 1967 cuando a dos parejas de inmigrantes de origen judío alemán, Pablo e Ilse Taussik y Juan y Carlota Caro, fundaron la Asociación Mutual Israelita Vidalinda, una entidad sin fines de lucro que quería brindar, y lo sigue haciendo, un estilo de vida diferente a las personas mayores. Un lugar para alejar la soledad y que fuera al mismo tiempo un ámbito protegido y solidario para cuando el nido quedara vacío. Publicaron un aviso en un diario cuyo nombre recordarán muchos argentinos de cierta edad, el Argentinische Tageblatt, convocando a los interesados que quisieran asociarse para comprar el terreno que tenían en vista. Necesitaban 30 postulantes, pero ¡aparecieron 62!
El terreno ubicado en la calle Vidal fue la base de un edificio de 15 pisos construido por Dujovne-Hirsch con 105 monoambientes (30 m2) y dos ambientes (48 m2) más una buena cantidad de metros cuadrados de espacios comunes, actualmente en proceso de modernización y ampliación. Abierto ahora a todo público, alberga hoy 96 personas mayores, sigue fiel a su carta orgánica original y tiene una lista de espera. El promedio de edad está en los 80 y pico; hay unas treinta de 90 años o más en “impecable estado cognitivo”, y hay también gente de 100. No prestan asistencia médica, pero sí hay una conserjería 24 horas muy atenta a cada departamento, botones antipánico para cada uno y, en caso de emergencia, tienen una empresa contratada que los asiste.
“Se hizo una mutual porque fue el único formato posible en aquel tiempo, aunque hoy las mutuales tienen otras funciones. Nosotros no ayudamos a la gente, sino que el que quiere venir a vivir compra el derecho de uso de por vida de una unidad funcional a la mutual, que es la propietaria del edificio –explica Vera Feldman, coordinadora institucional de Vidalinda–. No hay subdivisión ni títulos de propiedad de los departamentos. No es un usufructo, no se puede prestar, no se puede alquilar ni revender. El precio es menor al de un departamento de similares dimensiones en el barrio. No son unidades grandes porque la vida transcurre principalmente en los espacios comunes. Esa es la idea. Si alguien se quiere ir, se le devuelve lo que puso menos un diez por ciento que va al fondo de mantenimiento edilicio. Y puede designar un beneficiario de ese mismo monto para que lo reciba en caso de fallecimiento. Las expensas no son caras porque la administración es muy rigurosa. Alrededor de 300 mil pesos”.

El modelo cohousing está lleno de encanto, pero no desprovisto de bemoles. Las características culturales tienen mucho que ver, asegura el doctor Miguel Ángel Vázquez Vázquez, especialista en gerontología en Galicia y miembro de la Junta Directiva de la comisión de la Plataforma de Mayores y Pensionistas (PMP), el movimiento más importante de gente grande y pensionistas de toda España, que agrupa más de quince mil asociaciones y supera los cinco millones de afiliados. “El cohousing es una idea bonita, pero es para gente mayor pero que esté bien, sana digamos, y autónoma, acaso con una dependencia leve. Pero no están pensados para personas en situación de dependencia moderada o grave, algo que no es infrecuente en la gente mayor”.
Los retos más importantes, acuerdan todos los que están comprometidos con estas iniciativas, son la convivencia, la administración y la toma de decisiones y el compartir. Es apropiado escuchar lo que dijo Charles Durrett el año pasado, cuando visitó Asturias para participar del I Foro Internacional de Vivienda Colaborativa: “Lo esencial es saber escuchar. Si alguien habla demasiado y no deja hablar al resto, enseguida se motiva para mejorar, porque entiende que la comunidad depende de la habilidad de saber escuchar. En cohousing yo lo llamo “matemáticas básicas”: 1 + 1 igual a 3. Tu idea y la mía combinan y generan otra mejor”.

