Mis muertos tristes: así es la serie que protagoniza Mercedes Morán y por qué hay que verla

(Argentina, Chile/2026) Dirección: Pablo Larraín. Guion: Mariana Enriquez, Pablo Larraín, Anastasia Ayazi y Guillermo Calderón. Fotografía: Sergio Armstrong. Elenco: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Sánchez Álvarez y Carlos Portaluppi. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: muy buena.

En las series (o en las pinturas, o en la música; en definitiva,en el arte) no hay fórmula que valga. Reunir a un grupo de gente talentosa no siempre da buenos resultados, y muchas veces las estructuras que parecen endebles terminan revelándose como las más atractivas. O como decía Dario Argento, en un rodaje todo lo que puede fallar, falla. Por ese motivo es que ante el anuncio de Mis muertos tristes, la expectativa era tan alta como arriesgada. Por una miniserie basada en cuentos de Mariana Enríquez, con Mercedes Morán y Dolores Fonzi a la cabeza, y bajo la dirección de Pablo Larraín, significaba una fórmula tan potente que anticipaba el miedo al fallo, por quienes esperaban grandes resultados. Afortunadamente la fórmula cumplió, y el resultado está a la vista.

Mariana Enríquez, célebre escritora argentina que forma parte de una renovación literaria impulsada principalmente por mujeres (un grupo en el que también se podría incluir a Selva Almada, Samanta Schweblin y Dolores Reyes, entre otras), construyó un cosmos narrativo tan complejo como reconocible, de personajes que transitan desde el terror miedos que resultan escalofriantemente cercanos para los lectores. El director chileno Pablo Larraín, por su parte, tiene en varias de sus películas una mirada sobre la historia pasada y cómo distintos sucesos pueden atravesar a mujeres que dejaron pisada en la sociedad a la que pertenecían. No importa el espesor del impacto, sino el impacto en sí. Y entre la mirada de Larraín y las obras de Enríquez, surgió una alquimia improbable que potenció la sensibilidad de ambos universos.

Mis muertos tristes, desde luego, habla de la muerte. Ema (Morán) es una doctora jubilada, que durante toda su vida tuvo el don de ver a los muertos, aunque víctima de una mirada prejuiciosa, con el tiempo aprendió a convivir con esa realidad sin compartirla con nadie. Pero ese don que parecía único, descubre que lo comparte con Julie (Carolina Sánchez Álvarez), su sobrina que llegó desde los Estados Unidos, para ser internada debido a un cuadro de salud mental. Entre ambas surge una conexión inesperada que va más allá de esa habilidad compartida, sino que pasa más bien por una mirada en común frente a antipatías y empatías coincidentes. Hasta que Julie toma una decisión que de manera consciente (o no), termina por impactar en todo el barrio y lleva a Ema a dejar de ser juzgada, para imponer una empatía que a ella le fue negada desde siempre.

Mis muertos tristes es un feliz milagro, de esos que rara vez aparecen en las plataformas streaming, un producto ambicioso en su búsqueda estética y narrativa, de digestión difícil y no necesariamente destinado a la popularidad (aunque mereciera serlo). No es una ficción fácil, los personajes no son agradables, los mundos resultan sórdidos e, incluso, los colores que dominan la historia resultan insoportablemente apagados. Y justamente ahí está el atractivo, en una historia que interpela al espectador, que lo incomoda, que lo aleja kilométricamente de cualquier cosa parecida a una zona de confort para proponer una discusión que resulta cercana. Porque ya lo dijo en varias oportunidades Mariana Enriquez, en el cuento original, ver a los muertos tiene que ver con los conflictos pendientes, los traumas sin resolver. Y de esos tenemos todos, porque los muertos están, los veamos o no. Pero enfrentarse a eso, no es fácil para todos. Aunque estén ahí, mirándonos desde la otra punta de la habitación.

Mis muertos tristes transcurre en Piedrabuena, los personajes caminan mientras de fondo hay gente que revuelve la basura. La acción se traslada a la zona de la Facultad de medicina, y la pobreza se respira. Los hospitales se abarrotan de necesidades; las empresas son gigantes ingobernables cuya principal habilidad es reducir a las personas a un número de referencia. El hambre es un monstruo anónimo que se convierte en el contexto cotidiano. El horizonte es gris y la serie habla de manera rabiosa sobre el aquí y el ahora. Y Ema, desde la mirada penetrante de Mercedes Morán se hastía de vivir rodeada de falta de empatía, porque los muertos sufren más por ser ignorados que por su destino. De hecho, la serie grita que a los muertos podemos verlos todos, aunque por lo general prefiramos ignorarlos. Y esa verdad es incómoda e incomoda, y por ese motivo es que Mis muertos tristes rompe la pantalla de una forma que muy pocas ficciones lo logran. Y por eso es que hay que mirarla.

4 stars

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