La mística del único edificio que invita al relax en medio del vértigo del microcentro

No es solo una iglesia antigua. No es solo un monasterio colonial. No es solo una pieza patrimonial ubicada en uno de los núcleos históricos y urbanos más emblemáticos de Buenos Aires, una zona que en los últimos años atravesó profundas transformaciones y desafíos.

Santa Catalina es una presencia. Está ahí desde 1745. Mucho antes de que Buenos Aires fuera esta ciudad acelerada, financiera, ruidosa y transaccional en la que nos movemos hoy. Fue testigo del surgimiento del microcentro corporativo, de las oficinas premium, de los bancos, del tránsito permanente y hoy observa atónita las distintas discusiones sobre reconversión urbana.

Ahí está la emblemática esquina, con su historia a cuestas y, sin embargo, sigue teniendo una actualidad enorme. Porque Santa Catalina no pertenece solamente al pasado. Pertenece también al presente emocional de nuestra ciudad.

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Santa Catalina no pertenece solamente al pasado. Pertenece también al presente emocional de nuestra ciudad

Durante décadas, para miles de personas que trabajan en el centro, fue (y es) un espacio de pausa. Un lugar donde entrar unos minutos antes de volver a la oficina. Un refugio silencioso entre reuniones, trámites, llamados, presión y velocidad.

Recuerdo haber entrado allí un mediodía de marzo de 2006. Entré por interés patrimonial, curiosidad arquitectónica. Con los años entendí que aquel día marcó, silenciosamente, el comienzo de un camino espiritual que transformó mi vida.

En una etapa laboral particularmente intensa, diariamente volvía a esa esquina después de mañanas difíciles, solo para sentarme unos minutos en silencio y dejar que algo dentro mío se acomodara.

Es argentina, estudió en una escuela rural, trabajó con un exitoso empresario y ahora tiene su propio proyecto

Hay en Santa Catalina una mística difícil de explicar: una sensación de refugio en medio del vértigo del microcentro, como si el tiempo aflojara apenas atravesás sus puertas. Y también fue allí donde la vida me regaló grandes amistades, de esas que nacen en los lugares donde uno baja las defensas y vuelve a encontrarse consigo mismo.

En una zona, el microcentro porteño, donde todo empuja hacia la productividad y el anonimato, Santa Catalina recuerda otra dimensión de la vida urbana: la necesidad de detenerse.

Lo que ocurre hoy en Santa Catalina excede una discusión técnica o patrimonial. Obliga a pensar qué tipo de ciudad queremos construir

Y quizás por eso impacta tanto ver hoy sus puertas cerradas preventivamente y una misa celebrada afuera, en el atrio, porque el interior ya no ofrece las condiciones necesarias de seguridad.

La imagen es profundamente simbólica. El espacio que durante casi tres siglos contuvo a otros ahora necesita ser contenido.

La misa es celebrada afuera, en el atrio, porque el interior ya no ofrece las condiciones necesarias de seguridad

Puertas cerradas

Según la información pública difundida, la comunidad de Santa Catalina denunció daños estructurales que atribuye a las obras de peatonalización realizadas en el entorno. Desde el Gobierno de la Ciudad se sostiene que existían fisuras previas y que se realizaron relevamientos antes del inicio de los trabajos; este punto es importante, porque cuando hablamos de patrimonio, prudencia técnica y responsabilidad urbana, no corresponde apresurarse a establecer causalidades definitivas sin peritajes completos, monitoreos y trazabilidad documental.

La comunidad de Santa Catalina denunció daños estructurales que atribuye a las obras de peatonalización realizadas en el entorno

Pero incluso dejando de lado el debate técnico —que deberá resolverse donde corresponde— hay una pregunta mucho más profunda que como ciudad deberíamos hacernos: ¿cómo debería compatibilizarse una intervención contemporánea con una construcción que lleva casi 300 años formando parte de la historia de una ciudad?

Porque Santa Catalina no es solamente un edificio antiguo. Es una arquitectura concebida en otra época. Una construcción de muros portantes, bóvedas, ladrillo y cal, con espesores estructurales importantes y sistemas constructivos completamente distintos a los contemporáneos.

Como muchas edificaciones coloniales del siglo XVIII, fue proyectada para una ciudad con otra escala urbana, otro tránsito, otras cargas y otra dinámica de uso. Su comportamiento estructural responde a una lógica muy diferente a la del hormigón armado moderno: trabaja desde la masa, la gravedad y la estabilidad de la mampostería portante.

En este tipo de construcciones, las intervenciones urbanas cercanas requieren niveles especialmente altos de sensibilidad técnica, monitoreo y comprensión de la interacción entre suelo, vibraciones, estructuras históricas y entorno urbano.

No se trata solamente de la antigüedad del edificio, sino de entender que pertenece a otro modo de construir, pero también a otra forma de habitar la ciudad.

Pero el caso Santa Catalina ya no puede leerse solamente como una discusión sobre grietas.

En los últimos días, el conflicto escaló también al plano institucional y político. Según informó LA NACION, tres vocales de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos renunciaron en desacuerdo con el fallo de la Cámara de Apelaciones porteña que revocó la medida judicial que frenaba el avance del proyecto de un templo mormón de más de 36 metros de altura en el entorno del monasterio y la iglesia de Santa Catalina. Ese dato cambia la escala del problema.

Así se ve el terreno donde se construiría el templo mormón

Porque ya no estamos hablando solo de una obra puntual sobre una calle, sino de una tensión más amplia entre desarrollo urbano, decisiones judiciales, gestión pública, intereses privados y protección patrimonial.

El proyecto del nuevo templo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se ubicaría en el predio delimitado por Córdoba, Viamonte y Reconquista, en una manzana de altísimo valor histórico e inmobiliario. Según informó la propia Iglesia, el desarrollo incluiría un templo y una plaza verde de acceso público de 3625 m².

Sobre el papel, la incorporación de espacio verde en el microcentro parece una buena noticia. Buenos Aires necesita más verde, más pausa, más escala humana. Pero la pregunta vuelve a ser la misma: ¿cómo se inserta una intervención contemporánea de esa magnitud en un tejido patrimonial extremadamente sensible?

Porque no todo vacío urbano es simplemente oportunidad inmobiliaria. Algunos vacíos son parte de un sistema histórico, visual, simbólico y estructural que requiere una lectura mucho más fina.

Y ahí aparece otro debate: no se trata de oponerse al desarrollo ni de congelar la ciudad. Se trata de exigir que el desarrollo esté a la altura del lugar donde interviene.

Y quizás ahí aparezca una de las tensiones más interesantes de esta historia. La ciudad contemporánea funciona cada vez más rápido. Todo se transforma. Todo se activa. Todo se reconvierte. Las obras necesitan plazos. La economía exige movimiento.

El microcentro busca reinventarse. Aparecen nuevos usos, nuevas dinámicas y nuevas demandas urbanas. Celebro profundamente esa transformación y creo que la modernización de los espacios urbanos es necesaria.

Las ciudades no pueden quedar congeladas. Necesitan evolucionar, adaptarse y generar mejores condiciones para trabajar, circular, habitar y encontrarse. Pero justamente porque el desarrollo es importante, también necesita incorporar una mirada más sensible sobre el bienestar urbano. Y el bienestar no depende solamente de infraestructura eficiente o espacios renovados. También necesita memoria, identidad, escalas humanas y lugares capaces de ofrecer pausa en medio de la aceleración cotidiana.

El microcentro busca reinventarse. Aparecen nuevos usos, nuevas dinámicas y nuevas demandas urbanas

Un lugar donde encontrar paz y silencio

El patrimonio no responde a la lógica de la velocidad. El patrimonio necesita amortiguación, contexto, lectura histórica y sensibilidad extrema. Cuando una ciudad pierde la capacidad de convivir con sus capas más antiguas, empieza lentamente a perder también parte de su identidad.

No solo se deterioran estructuras. También pueden deteriorarse rituales urbanos invisibles.

Así se ven algunas de las rajaduras de Santa Catalina

Santa Catalina es mucho más que una iglesia colonial.

Es el lugar donde alguien se sienta cinco minutos antes de volver a una reunión. Donde otro se acerca a respirar. Donde alguien llora o busca comunidad. Es un lugar donde se encuentra silencio para el sistema nervioso hiperestimulado del microcentro. Eso también forma parte del patrimonio. Solo que no suele medirse.

La ciudad mide metros cuadrados, ocupación, rentabilidad, circulación, densidad y valor del suelo. Pero rara vez mide el valor emocional de ciertos espacios. Y, sin embargo, esos espacios cumplen una función urbana enorme. Especialmente hoy.

Santa Catalina era —y es— mucho más que una iglesia colonial

Porque mientras discutimos cómo revitalizar el microcentro, cómo invitar a los colaboradores a que vuelvan a la presencialidad, cómo atraer vivienda, cómo incorporar tecnología, inteligencia artificial, oficinas híbridas o nuevos formatos de trabajo, hay una pregunta que casi nunca aparece:

¿Dónde descansa emocionalmente una persona en la ciudad?

¿Dónde desacelera? ¿Dónde baja el ruido? ¿Dónde recupera cierta sensación de humanidad en medio de la hiperproductividad contemporánea?

Tal vez ahí Santa Catalina tenga más vigencia que nunca.

En estos años hablamos muchísimo sobre bienestar, neuroarquitectura y salud mental aplicada a los espacios de trabajo. Entendimos que el entorno modifica nuestro estado emocional, nuestra concentración, nuestro estrés y hasta nuestra capacidad de vincularnos. Pero pocas veces llevamos esa conversación a escala urbana. Y la ciudad también impacta sobre nuestro sistema nervioso.

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Una ciudad saludable no se construye solamente con eficiencia, conectividad y actividad económica. También necesita espacios que contengan, desaceleren y generen pausa.

Por eso lo que ocurre hoy en Santa Catalina excede ampliamente una discusión técnica o patrimonial. Nos obliga a pensar qué tipo de ciudad queremos construir. Si una ciudad que solamente avance, o una ciudad que además sea capaz de cuidar aquello que le da profundidad, memoria y alma.

Lo que ocurre hoy en Santa Catalina excede una discusión técnica o patrimonial. Obliga a pensar qué tipo de ciudad queremos construir

No alcanza con preguntarnos si una obra tiene permiso, si una norma habilita cierta altura o si un proyecto suma metros verdes. La pregunta de fondo es si nuestras instituciones están siendo capaces de proteger aquello que no se recupera una vez dañado.

Porque una ciudad puede renovar veredas, habilitar nuevos usos, atraer inversión y reconvertir áreas enteras. Pero si en ese proceso pierde sus capas de memoria, sus silencios, sus proporciones históricas y sus espacios simbólicos, el costo no será solamente patrimonial. El costo será cultural, urbano y sobre todo humano.

Porque hay grietas que aparecen en los edificios; y hay otras —mucho más difíciles de reparar— que aparecen cuando una ciudad deja de escuchar sus espacios de silencio.

La autora es ingeniera civil, consejera titular del CPIC (Consejo Profesional de Ingeniería Civil), martillera y corredora (mat. 7520) y especialista en mercado corporativo

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