Un triunfo simbólico y el sueño de reescribir la historia

La fisonomía del Pacto de Mayo refleja la interpretación que Javier Milei hace del tablero político en el que le toca moverse. A una clase dirigente desprestigiada, derrotada y fracasada, le puso delante un acuerdo sin chistar: 10 puntos que discutió únicamente consigo mismo y que ofreció como un atajo a la “redención”.

En la noche gélida de Tucumán, logró poner en fila a 18 gobernadores, todos ajenos a su partido, que viajaron hasta allí a sabiendas de que se convertirían en arcilla del relato libertario. “La casta” doblegada ante la fuerza del cambio drástico que decidió la gente en las urnas.

Se ilusionó con “los tambores de la historia” que a su juicio vuelven a sonar. Emparentó un acto autocelebratorio por cadena nacional con hitos fundacionales de la Patria, como la declaración de independencia firmada en ese mismo edificio hace 208 años o la jura de la Constitución de 1853. Prometió que, de cumplirse lo pactado, los argentinos vivirán sin inflación el resto de sus vidas y que el país empezará una nueva era de prosperidad. Hasta se permitió aclarar que ni él ni los allí presentes eran “dioses ni súper hombres”.

Detrás de la pretensión trascendental, del adanismo discursivo y de cierta atmósfera de acto escolar, Milei consagró el innegable triunfo simbólico de exhibirse en dominio de la agenda pública. Se presentó como el promotor de un ideario triunfal, el articulador de una Argentina nueva, un líder magnánimo de brazos abiertos. “Estamos convencidos que inclusive aquellos que hoy desoyen el reclamo en la sociedad, sea por la razón que sea, en el futuro pueden volver a la senda argentina y encontrar la redención. Nos encontrarán aquí, defendiendo las mismas ideas que ratificamos hoy y les daremos la bienvenida. Todo hombre es capaz de redimirse”.

A los gobernadores ausentes, como Axel Kicillof, no los nombró, pero los vinculó con quienes “intentan cotidianamente boicotear a este gobierno y conspiran para que fracase”.

En cambio, a los asistentes les regaló palabras de agradecimiento y la oportunidad de sumarse a la revolución libertaria.

Pretendió trazar un nuevo campo de juego: de un lado, los libertarios y sus aliados del Pacto de Mayo; del otro, el kirchnerismo y “los golpistas”.

En días en que las turbulencias del mercado inquietan al Gobierno, el Presidente mostró músculo político. La ilusión de un consenso, aunque detrás de los 10 puntos escritos en letra cursiva antigua no haya por el momento un desarrollo legal ni una mesa de discusión sobre cómo seguir.

Los 18 gobernadores firmaron el acta uno por uno. En general lo hicieron con gestos de cordialidad hacia Milei y su hermana Karina (de notable centralidad). A algunos, sin embargo, los traicionó un reflejo de frialdad, acaso nostalgia de su kirchnerismo reciente, como el santiagueño Gerardo Zamora.

Premios y castigos

En su gran mayoría los gobernadores firmantes sopesaron el riesgo que implicaba ausentarse de la ceremonia en estos momentos de escasez extrema de fondos. Están genéticamente programados a temer el castigo del poder central. Además, temían la impugnación de sus votantes: la esperanza de un cambio para mejor se mantiene como una emoción mayoritaria en casi todas las provincias del país.

Paradojas del destino, el acta que les invitaron a firmar proclama en su punto dos la necesidad de rediscutir la coparticipación de impuestos con el fin de “terminar para siempre con el modelo extorsivo actual que padecen las provincias”.

Milei les leyó después la letra chica de lo que habían suscripto cuando pronunció su discurso en el patio de la casa histórica.

Les dijo a peronistas y radicales que habían vivido equivocados, porque -enfatizó- el fracaso argentino empezó hace más de 100 años, cuando se agotó el proyecto de la Generación del 80.

Les advirtió a esos caciques demandantes de fondos que se van a tener que ajustar todavía más. “El 44% del gasto nacional corresponde a provincias y municipios”, subrayó. Lo oía bien de cerca el radical Maximiliano Pullaro (Santa Fe), que el 20 de junio, en Rosario, le reclamó en la cara obras de infraestructura para el Interior.

Al hablar de la educación también les dejó un recado a los radicales, cuando denunció la politización de las universidades y su gestión.

Describió un “federalismo fraudulento” ante gobernadores peronistas que fundaron sus módicos imperios a fuerza de giros discrecionales del poder kirchnerista. Invitó a massistas recientes como Gustavo Sáenz o Alberto Weretilneck a aplaudir su invocación a la apertura comercial. El local Osvaldo Jaldo -elegido el año pasado como corolario de un festival de clientelismo- habrá respirado cuando se sacó el punto de la reforma política para hacer lugar a la defensa de la educación.

En otro tramo del discurso, Milei les concedió un guiño de institucionalidad a Mauricio Macri y a los dirigentes del Pro que rezongan por las “formas” presidenciales. “Nosotros creemos que lo único que tiene que hacer la política es discutir ideas y no impugnar al adversario por cuestiones personales, perseguirlo por pensar distinto ni vivir una inquisición permanente”, postuló. Qué dirá el Milei de las redes sociales.

La incógnita que se abre a partir de la puesta en escena de Tucumán es si el Presidente pondrá empeño en desarrollar los enunciados del Pacto y si podrá avanzar hacia la consolidación de un nuevo orden político que orbite en torno a su figura.

Una forma de interpretar lo que pasó esta madrugada es que el Pro, gran parte del radicalismo y un sector nada despreciable del peronismo se han alineado detrás del proyecto libertario, bendecido hasta el momento por las encuestas de opinión. Le dieron una nueva dosis de poder, después de la aprobación de la Ley Bases y en horas dominadas por la incertidumbre financiera.

La otra es que el presidente antisistema que asumió de espaldas al Congreso, que despreciaba el consenso y no quería mezclarse con dirigentes finalmente necesitó descender al barro de la política. Milei o la casta: ¿quién doma a quién en estos “tiempos de dificultad y conflicto”?