Tras una revelación, dejó Argentina y se animó a cumplir un sueño en un país que le paga al extranjero para que se integre

Noelia Truffa se encontraba de vacaciones en Tailandia, cuando tuvo una revelación que cambió su vida para siempre. Era una mañana de verano y estaba a bordo de un colectivo destartalado camino al Templo Blanco, una atracción importante en Chiang Rai. Había elegido partir de madrugada para escapar del calor agobiante de un trópico que no daba respiro, una decisión que la halló en un vehículo semi vacío, a excepción de unos pocos pasajeros tailandeses y monjes budistas vestidos con túnicas anaranjadas.

Mientras el colectivo avanzaba, Noelia observaba el paisaje en un estado de trance; nada en él le resultaba particularmente llamativo, pero, aun así, una sensación exquisita desbordaba su espíritu. De pronto, una lucidez abrupta emergió en su estado de alucinación trayendo consigo una epifanía certera: quería vivir viajando, ser nómada y conocer los tantos rincones del mundo como aquel, que la dejaban sin aliento.

Noelia miró al cielo, agradeció su revelación y sintió cómo una lágrima de emoción rodaba por su mejilla: “Me prometí que nunca más volvería a Buenos Aires de la misma forma en la que había vuelto de todos los viajes anteriores y, en cambio, solo volvería para prepararme para salir, tardara lo que tardase. No sabía ni cuándo ni cómo, pero lo había visto muy claro, se había sembrado una semilla viajera que crecía a toda velocidad y ya no había posibilidad de volver atrás”, escribió años más tarde al plasmar su historia en un libro.

Segura de su decisión, la joven regresó a Buenos Aires, donde aún la aguardaban su trabajo, su casa y su entorno conocido. Corría el año 2016 y, con casi treinta años, la vida de Noelia estaba a punto de cambiar, sin imaginar el rumbo inesperado que tomaría su destino.

Un suceso inesperado y una meta compartida: “Con cada cosa material que salía por la puerta estaba un poquito más cerca de empezar mi sueño”

Aunque nadie lo percibiera, Noelia lo sentía: Argentina exhalaba un aire diferente, que olía a transición, a un estar de paso, a pesar de todavía habitar en suelo impregnado de rutinas laborales y actividades sociales. Para que su plan trascendiera el estatus de sueño, ella sabía que debía ver más allá de su título de arquitecta y abrazar su amor por la fotografía y las letras.

Sin embargo, algo impensado y mágico como aquel día tailandés sucedió: mientras trazaba su futuro en sus pensamientos y se sentía casi como una viajera más en tierra porteña, la vida la cruzó con él, Omar, un hombre que se hallaba por trabajo en la Argentina. Tal vez haya sido casualidad, tal vez destino, lo único seguro fue que, tras ese encuentro, se volvieron inseparables. La vida los había cruzado en el tiempo y espacio justo, tras aquella epifanía que la supo conectar más que nunca con el mundo: ¿Cómo no sentirse atraída por aquel hombre bueno, atractivo, de origen español-finlandés y deseoso al igual que ella por recorrer el mundo?

Fue así que, finalmente, el primero de enero del 2019, tras vender sus pertenencias y juntar la mayor cantidad de ahorros, Noelia salió a trotar por el mundo tal como en sus fantasías, aunque aún mejor, lo hizo acompañada por su amor.

“Los meses antes de irnos fueron uno de los mejores tiempos que puedo recordar. `Año nuevo, vida nueva´, dicen. Mientras el tiempo pasaba y la fecha se acercaba, nos dedicamos a desarmar nuestra vida en Buenos Aires. Cada vez que algo que me había costado tantas cuotas y años de esfuerzo comprar se iba del departamento que alquilaba, me sorprendía lo increíblemente fácil que me resultaba desapegarme de las cosas. Con cada cosa material que salía por la puerta estaba un poquito más cerca de empezar mi sueño”.

Doce países y mucha creatividad: “Viajar por el mundo y no volver era el sueño de mi vida y fue la mejor decisión que pudimos haber tomado”

Durante dos años y medio, Omar y Noe recorrieron doce países: Turquía, España, Marruecos, Inglaterra, Italia, Croacia, Montenegro, Kosovo, Macedonia del Norte, Bulgaria, Grecia y Alemania. En el camino, descubrieron formas de viajar con bajísimo presupuesto e hicieron House sitting, voluntariados, couchsurfing, entre otros. Noelia exploró su pasión por la fotografía en su cuenta, armó su blog, organizó encuentros de escrituras presenciales y online y creó un proyecto fotográfico en el que colecciona puertas del mundo. Finalmente, en octubre del 2021, le dio vida a su primer libro, Escribiendo por el mundo, una mezcla de crónica de viaje más diario íntimo.

“Es una radiografía muy honesta de la vida de viaje desde adentro, con todo lo que muchas veces no se muestra en las redes sociales. Por otro lado, es una experiencia muy interactiva: tiene doce recetas típicas, una de cada país que visitamos, y doce consignas creativas relacionadas de alguna manera con nuestro paso por cada país, para que el lector complete con sus propias historias (de viaje o de vida) desde cualquier lugar del mundo”, cuenta con orgullo.

“Viajar por el mundo y no volver era el sueño de mi vida y fue la mejor decisión que pudimos haber tomado”.

Un lugar para hacer base: “Finlandia es un tipo de viaje en sí mismo”

Tras dos años y medio de travesía inolvidable, un deseo creció intensamente en el corazón de Omar. Tal vez fuera el COVID, o tal vez una larga ausencia de su hogar, lo cierto es que Finlandia, de pronto, comenzó a palpitar con fuerza. Allí, en tierra finesa, había vivido la mayor parte de su vida, era su hogar, un hogar en el que no había estado en los últimos seis años: “Omar estaba sintiendo el llamado de volver. Por mi parte yo sabía que no quería volver a Argentina y estaba abierta a todas las opciones y posibilidades que fueran surgiendo, así que, ¿por qué no?”

Por aquellos días, Noelia recordó una vez más su epifanía. Allí, sentada en un colectivo tailandés, jamás imaginó que su sueño la llevaría a un destino tan inesperado: vivir en Finlandia, o, más bien, construir allí su puerto.

“Nos gusta decir que decidimos construir una base en Finlandia. Aunque puede significar exactamente lo mismo, nunca decimos `vivir´ porque eso nos resulta un poco determinante, definitivo y no queremos sentirnos atados de manera definitiva a ningún lugar”.

“Ahora técnicamente ya no vivimos de manera nómada, aunque me gusta pensar que estar en un país tan distinto como Finlandia es un tipo de viaje en sí mismo, porque, aunque estoy mucho más quieta, me sigo sorprendiendo cada día de miles de cosas, sigo aprendiendo y disfrutando muchísimo de conocer una cultura diferente, que es justamente lo mismo que amo de viajar, por eso de alguna manera sigo sintiendo que el viaje sigue”.

Luz y oscuridad, naturaleza y la costumbre sagrada: “Puede ser un poco chocante para algunos extranjeros”

Finlandia amaneció impactante, con sus incontables bosques y lagos, su luz y su oscuridad, siempre jugando a los extremos. Llegaron en el auge de la primavera, que parecía brotar por doquier, entre los deshielos y un cielo claro, que a gran velocidad le brindó a Noelia la sensación de vivir en un día eterno.

Se instalaron en Tampere, donde, al poco tiempo, el verano la sorprendió con un firmamento que nunca oscurece del todo y dormir resultó un desafío: “¿Cómo explicarle a tu cuerpo que el día ya terminó?”, señala. “Y en invierno el sol se levanta muy poquito sobre el horizonte, así que jamás se ve muy arriba en el cielo. Si bien hay luz, esta es muy muy suave y es muy difícil despertarte en invierno, porque, ¿cómo explicarle a tu cuerpo que el día ya empezó? Creo que esto es lo que más me impactó a mi llegada y me sigue impactando según los distintos momentos del año. Pasó casi un año desde nuestra llegada, así que ya tuve oportunidad de ver todas las estaciones y posiciones del sol”.

“A su vez me llamó la atención el contacto constante con la naturaleza. Finlandia es el país con más bosques de Europa y no importa que vivas en la capital o en un pueblo, siempre hay un bosque a pocos minutos al que podés ir a caminar, acampar, esquiar en invierno, recolectar frutos rojos u hongos, etc. También hay más de 188 mil lagos y tiene costa sobre el mar de Botnia y el mar Báltico, así que vivas donde vivas hay un lugar cerca para darte un chapuzón. Esto es algo que la gente aprovecha muchísimo, durante todo el año y es algo que me parece genial”.

“Esto me lleva a pensar en el sauna, una costumbre sagrada para los finlandeses. En Finlandia hay en promedio un sauna cada dos personas. Las hay privadas (en casas o departamentos), semi públicas (compartidas para todo un edificio) o públicas (a las que se entra pagando una entrada). También hay distintos códigos de vestimenta. Por ejemplo, si son públicas y mixtas la regla suele ser ir en malla, pero si son privadas o separadas para hombres y mujeres la regla es ir desnudo/a. Y claro que si tenés tu propia sauna o tu turno de sauna dentro de tu edificio, las reglas las ponés vos. Esto puede ser un poco chocante para algunos extranjeros que no estamos acostumbrados a estar desnudos en situaciones sociales, pero yo trato jugar con las reglas locales, vivir esas experiencias tan características, así que sí, he estado desnuda transpirando y charlando en el sauna muchas veces con familiares, amigos y con Omar por supuesto”.

“Quizás la experiencia más extrema en relación a la sauna fue un día que hacía 3 grados afuera y 115 en la sauna. Era invierno y el lago más grande de Tampere, Näsijärvi, estaba completamente congelado salvo un sector que se mantiene especialmente sin congelar para darte un chapuzón entre vuelta y vuelta de sauna. Lo hice tres veces. Algunas semanas después lo volví a hacer otras tres veces, en otro sauna. ¡Lo volvería a hacer mil! Es una de esas cosas que podés amar u odiar, pero si venís a Finlandia en invierno lo recomiendo probar”.

Manejar el idioma para insertarse en la sociedad: “El Estado le paga al extranjero que realiza el curso de integración”

A pesar de que las horas destinadas a la comida se asemejaban a las usuales en otros países del mundo, ahora Noelia ya no estaba de paso y, acostumbrarse a aquel ritmo, fue uno de los mayores desafíos. El choque cultural lo notó especialmente al juntarse con amigos y familiares: “Si invitás a un finlandés a tu casa a eso de las cinco o seis de la tarde, tenés que recordar hacer cena y no merienda, como harías en Argentina”, observa entre risas.

Por otro lado, estaba el idioma. Noelia había arribado sin ninguna palabra de finés, una lengua que comprendió que es conveniente aprender si se quiere sentar bases y trabajar en el país. Las facilidades para hacerlo estuvieron a su alcance, el Estado le dio la oportunidad de estudiarlo como parte de un curso de integración para extranjeros intensivo, de 25 horas por semana.

“El curso también incluye una pasantía de tres semanas que haré el mes que viene y todo tipo de ayuda para insertarnos en el mercado laboral o de estudios del país”, asegura Noe. “Llevo ocho meses de ese curso y si bien me queda un largo camino por recorrer en el finés, más o menos puedo comunicarme y por eso estoy super agradecida. Y algo importantísimo: como sería prácticamente imposible hacer este curso y trabajar al mismo tiempo, el Estado les paga a todas las personas que realizan el curso de integración para que puedan vivir mientras tanto. El pago es el mismo beneficio de desempleo que cobran los desempleados más un pequeño plus por estar estudiando”.

“La calidad de vida acá es difícil de imaginar, la gente en general tiene posibilidades de vivir naturalmente más tranquila, mucho menos estresada. Eso se nota en cada persona que te atiende en una oficina del Estado y te trata increíblemente bien, en la amabilidad de la gente en general, que siempre te va a tratar de ayudar en todo lo que pueda”.

“Y en cuanto a la calidad humana quizás si sos de estar a los besos y abrazos todo el tiempo con todo el mundo este no sería tu lugar. A los finlandeses les gusta mucho tener su espacio personal y quizás estuviste cenando y riéndote con amigos muy muy cercanos durante horas y cuando llega el momento de irse se despiden sin ningún tipo de contacto físico, algo totalmente impensable en Argentina u otros países. A mí esto no me molesta en absoluto, es más, celebro las diversidades culturales. Creo que el mundo sería aburrido si nos saludáramos de la misma manera en Argentina, en Finlandia, en Congo o en Papúa Nueva Guinea, ¿no? Pero bueno, más allá de esa diferencia cultural, en mi experiencia siempre me han tratado con muchísima amabilidad y generosidad, así que no me puedo quejar”.

La relatividad del tiempo y los aprendizajes: “Descubrí hasta dónde llegan mis límites, qué estoy dispuesta a hacer y qué no”

Seis años pasaron desde la revelación en Tailandia, cinco desde que conoció a Omar, y tres años y medio desde que Noelia, junto a su amor, salió de Argentina para cumplir su sueño y, finalmente, sentar bases en su destino inesperado: Finlandia.

Tal vez los números parezcan poco, pero desde que la joven decidió dejar su país natal, siente que vivió más que en sus 32 años anteriores de vida: así de relativo es el tiempo, así de impactante es romper las cadenas de lo establecido.

“Aprendí qué come un camello; recolecté los hongos más ricos del mundo en el bosque, hongos que nunca había visto antes; me enteré de que los narcisos se mueren en verano y renacen en primavera; vi por primera vez un árbol de almendras en vivo; comí por primera vez una granada; aprendí a palear la nieve para poder salir de mi casa; aprendí a preparar aceitunas; me di cuenta de que detesto vivir en un lugar que vive de la temporada; practiqué un día de ayuno durante las horas de sol en el mes de Ramadán; nadé en el mar en todas las estaciones del año, a veces con malla, a veces desnuda; caminé y patiné sobre un lago congelado; disfruté muchísimo del minimalismo de vivir solo con lo que puedo llevar en la espalda; aprendí que lo más duro del invierno en Finlandia no es el frío sino la oscuridad”.

“Dormí en una colchoneta bajo el cielo más estrellado que vi jamás y en camas de lujo; descubrí hasta dónde llegan mis límites, qué estoy dispuesta a hacer y qué no; pasé días sin poder bañarme y en los baños más hermosos de mi vida; conocí un montón de música y canté canciones en idiomas que no puedo entender; descubrí que el llamado a la oración de las mezquitas me pone la piel de gallina; cociné recetas de países que un tiempo atrás no hubiera podido ubicar en el mapa y las hice parte de mi repertorio cotidiano; entendí que, esté donde esté, mi corazón siempre va a estar mirando a Asia, el continente que, después de todo, sigue siendo mi favorito. Pero, sobre todo, y lo que más valoro y agradezco, es que aprendí de mí misma, de cómo soy y puedo reaccionar ante situaciones y entornos totalmente desconocidos que van apareciendo en el camino”, concluye emocionada.

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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a [email protected] . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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