Signo de los tiempos. Fuentes abiertas contra despachos cerrados

El periodismo solía jactarse de publicar aquello que alguien quiere ocultar. La proeza se condecoraba con la medalla de la primicia o la exclusividad. En tiempos en que el periodismo tenía ritmos estables, primicia era ganarle una jornada a la competencia, cosa difícil de explicar a las generaciones que nacieron con noticias continuadas las veinticuatro horas. La exclusiva es aun más incomprensible para quien sabe que redes y medios tardan segundos en copiar y pegar.

La noticia también pierde el valor novedad cuando trata sucesos meses después de que ocurrieron, como ocurrió con las reuniones clandestinas durante la cuarentena más estricta, casi calcadas en la Argentina y en el Reino Unido. En una eran reuniones recreativas del séquito presidencial en la residencia de Olivos; en otra, funcionarios amenizando con alcohol after office en el 10 de Downing Street. Que el escándalo tardara más en estallar para Johnson que para Fernández, simplemente revela cuál de los funcionarios perdió antes el poder.

Si esos eventos celebrados a la vista de muchos se guardan en sigilo es porque poder es impunidad. Quien se siente impune supone que no le cabe el castigo que recibiría cualquier persona. Y ahí hay una razón por la que hoy ese cualquiera desafía la exclusividad del periodismo. Mientras esta se volvió una concesión de una fuente oficial, la sociedad no pide permiso para registrar información con sus móviles, en las calles, en sus modestos puestos laborales. O en ese hotel exclusivo de la rivera mexicana, donde la titular de la seguridad social de la Argentina se refrescaba de los calores bonaerenses con su segundo en la función pública y su primero, en las íntimas.

Las reuniones clandestinas del séquito presidencial argentino entraron en la prensa días después de que circularan entrópicamente en las redes. Y antes que las confirmaran los protagonistas, fueron verificadas por la lista de accesos al predio oficial que había solicitado la sociedad civil. La tardía publicación de las reuniones del gobierno británico fue rápidamente actualizada por testimonios de quienes en mayo del 2020 veían partir familiares hacia hospitalizaciones de las que nunca volvieron. O enterraban sus seres queridos de manera remota, sin la despedida que tanto contribuye a sellar el duelo.

La cámara de seguridad, el registro incidental, el archivo de lo publicado un día cualquiera se convierten en la verificación inapelable para la declaración oficial. La imagen que publicaron los diarios de la reina de Inglaterra sentada en soledad frente al féretro de su esposo, para la misma época en que los funcionarios se relajaban, alcanza para subir el tono del escándalo.

No en vano en 2022 la obsesión en los cortes de luz es la batería de los teléfonos que mantiene la comunicación con los propios y ajenos

Igual que alcanzan las imágenes con las que la gente contó el apagón de 2022 para comprender qué significa la falta de acceso a un servicio esencial. En 1999 otro apagón extendido en Buenos Aires durante diez días fue el punto de inflexión del gobierno de Carlos Menem, aunque en comparación afectara a muchas menos personas. Pero entonces los afectados tenían que agudizar el ingenio para llamar la atención de la prensa. Hoy no hace falta organizar un partido callejero o un retén con quema de cubiertas como entonces para seguir en tiempo real el devenir de los miles de vecinos sin suministro. No en vano en 2022 la obsesión en los cortes de luz es la batería de los teléfonos que mantiene la comunicación con los propios y ajenos.

En aquel viejo mundo los paparazzi estaban a la caza de la oportunidad fotográfica, y cuanto más desprevenida estaba la presa, más valor tenía la captura de esa imagen única. Para un funcionariado acostumbrado a la fotografía posada, la imagen hurtada al descuido hace la diferencia. Pero no pueden evitar ser registrados por tantos testigos anónimos de sus acciones. La posibilidad de que cualquiera sea un paparazzo potencial desde su móvil cambia totalmente las reglas. Y reformula la idea de exclusiva en la información colectiva, en la que la ciudadanía aporta y el periodismo verifica y expande.

En todo el mundo hay funcionarios que restringen el acceso a la prensa a los actos y documentos oficiales. En esos contextos, la vedada exclusividad del acceso oficial se enfrenta hoy a la vitalidad de las fuentes ciudadanas. Ante la inutilidad de la acreditación de prensa a despachos cerrados, el periodismo puede sumarse a esa cadena abierta de personas que, justamente por ser cualquiera, pueden resultar testigo eventual de eso que las fuentes intentan ocultar.

La autora es analista de medios

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