Se aburrió del mundo fashion. A los 49, Paula Colombini concentra su interés y energía en la huerta y el jardín

En una primera mirada, Paula Colombini (49) parece una mujer apacible, tranquila y con todo bajo control, además de bella, bellísima. Sin embargo, la chica que fue modelo top en los 90 –desfiló con las más famosas del mundo, como Cindy Crawford, Laetitia Casta y Christy Turlington– y un día se cansó, plantó todo y desapareció de las revistas, los desfiles y los eventos, es tan inquieta, curiosa y apasionada como para dejar lo que le daba seguridad e ir detrás de sus sueños. Y sus sueños tenían la forma de su huerta, donde ahora crecen zapallos, tomates, arvejas, y de su invernadero, el refugio que la alberga todas las mañanas, desde las cinco y media, cuando ella se instala desde temprano a hacer plantines y trabajar con las semillas. Mamá de Matilde (22) –fruto de su matrimonio con Patricio Colman, de quien se divorció hace unos diez años–, la naturaleza fue salvadora para Paula, que supo y pudo reinventarse cuando descubrió que el show off y la moda ya no le interesaban. Y en ese proceso conoció a su actual amor (ella prefiere no dar su nombre), quien después la ayudó a concretar ese deseo de la huerta propia en el jardín de su casa de Pilar, un refugio verde en el que manda el silencio y al que primero iban los fines de semana y, después, enamoramiento del mundo botánico mediante, casi todos los días. Allí Paula recibió a ¡HOLA! Argentina para una charla intimista, en la que reveló los secretos de su nueva pasión.

–¿Cómo fue tu primer acercamiento a la huerta y la jardinería?

–Había tenido huerta en mi casa, cuando vivía en Benavídez. Después, en el medio de la pandemia, pensé qué tenía yo para pasar ese momento de encierro y angustia, y encontré en la naturaleza los recursos. Fue algo que me dio estabilidad en meses de incertidumbre, porque si vos ponés una semilla de tomate tenés un tomate, algo tan simple como eso. Y así empecé. Tomé la parte delantera de la casa, y me fui entusiasmando. Además, tenía tiempo y conciencia de que me gustaba. También empecé a estudiar, a seguir en las redes a gente que hacía esto, me inscribí en algunos cursos. Siento que recién estoy empezando, que tengo un montón, pero también quiero hacer muchas cosas con esto.

–Tuviste la ventaja de que tu novio tenía el espacio y te lo cedió…

–¿Te imaginás si me decía que no? [Risas].

–¿A él también le gusta?

–Le gusta un montón, pero me parece que lo que más le gusta es verme a mí haciendo algo que me gusta. Es muy compañero. Y a veces me dice: “Bueno, Paulita, hasta acá, porque acá está el arco de fútbol de Feli” [Felipe es el hijo de su novio]. Y yo le digo: “Bueno, un poquito más”. Y siempre me contesta que sí.

–¿Cuánto tiempo le dedicás al mantenimiento del jardín y la huerta?

–Mucho. Además, es algo que hago yo solamente: me lleva tiempo y esfuerzo. Y también le tengo que dedicar tiempo a estudiar, a aprender, y después a producir… las semillas, hago banco de semillas para la próxima temporada, cosechar…, todavía me falta aprender el tema de las conservas, eso es algo que ahora me está picando, que me están dando ganas de saber, pero no tengo tiempo para todo. El fin de semana estoy todo el tiempo entre el jardín y la huerta. Cuando veo que se hizo de noche, prendo la luz y sigo.

–¿Sos feliz en contacto con la naturaleza?

–¡Re! Cuando estoy en mi jardín o en mi invernable, siento que medito, para mí es un espacio de meditación. Estoy en silencio, concentrada, prestando atención a algo que me apasiona, y haberme dado cuenta del valor que tiene en mi vida algo en teoría tan ajeno a lo que yo venía acostumbrada a hacer es superimportante, salvador y revelador. Creo que vincularse con la naturaleza es como volver a las raíces del ser humano. Y siento que es una receta que todos deberíamos aplicar. Pasar, aunque sea media hora, debajo de un árbol. Estoy convencida. Tiene que ver con cuidar otro ser vivo, con vincularte con otro ser vivo, del que vas a aprender también, porque tiene sus propios tiempos. Aprendí que esto no va a ser cuando yo quiero, esto va a ser cuando tenga que ser, según los tiempos de la naturaleza. Y eso nos obliga a dejar atrás la vorágine.

–En este aprendizaje habrás pasado por etapas de ensayo y error. ¿Qué pasa cuando algo te sale mal? ¿Te genera frustración?

–Más que frustración, lo que me genera muchas veces es ansiedad, y tengo que aprender a dominarme cuando pienso en todo lo que falta hacer. Entonces me calmo, porque quiero que esto me genere placer y no la ansiedad de quererlo perfecto. Lo quiero lo más parecido a lo que la naturaleza lo da. Y otra cosa que fui aprendiendo es que cada huerta es como cada individuo, y que se ve mucho la personalidad de la gente en la huerta. Yo no soy una persona a la que le gusta todo prolijo, porque no tiene que ver conmigo. Soy ecléctica, muy apasionada, entonces voy poniendo, sacando, probando y, en general, mi aprendizaje no pasa tanto por el proceso, sino por la previa.

–¿Dejás que otros metan mano en tu huerta?

–No, como soy muy dominante no me gusta que toquen mis cosas y tampoco me gusta que toquen mi huerta. Es reveladora la huerta en ese sentido, porque habla bastante de mí. ¿Cómo es estéticamente, cómo la manejo, a quién dejo intervenir? Todo eso dice mucho de mí.

–¿Compartís lo que cosechás?

–Sólo me gusta dar de la cosecha cuando sé que lo van a valorar, que no lo van a dejar ahí tirado, que lo van a usar en su ensalada o en su comida. Es que hay un montón de esfuerzo y cariño. [Risas].

–¿Lo ves como un negocio en el futuro?

–Me encantaría que me reditúe de alguna manera. Hay empresas que me hablaron para hacer algo en conjunto, porque se trata de algo genuino que habla del bienestar y que puedo sostener, porque lo que hablo es lo que hago, lo que practico. Pero todavía no sé cómo lo voy a llevar adelante. Eventualmente me gustaría dar algún taller. Mientras tanto, estoy en un proyecto para armar la terraza comestible más grande de Buenos Aires. Trabajo junto a un viñedo, y el dueño tiene ese espacio, que es donde armamos catas, y el lugar cuenta con una terraza enorme. Así que la idea es concretar esto para 2023. Suena ambicioso, pero está bueno, porque además te va acercando a emprendedores: chefs que cocinan con plantas, bartenders que usan las flores que uno produce o las aromáticas, hay todo un mundo detrás de la huerta.

–Cuando eras modelo tenías una exposición alta. De golpe desapareciste de la escena y ahora volviste con la huerta. ¿Qué pasó en el medio?

–Me hice mucho tiempo esa pregunta. Hasta que entendí que viví diez años buscando qué era lo que quería y, durante esa búsqueda, estudié teatro, trabajé como actriz, conduje un programa de televisión, y en un momento me di cuenta de que hacía lo que hacía porque estaba acostumbrada, porque era lo que conocía, lo que más fácil me salía. Tenía que ver con un deseo de cuando era chica, que quería ser famosa y tener dinero. Bueno, lo logré. Punto. Un día descubrí que eso ya no me satisfacía, no me divertía, y pensé: “¿Qué cosas me gustan, qué cosas me llaman la atención”? Y supe que me estaba construyendo de otra manera. Es difícil, porque tenés que soltar algo que te da seguridad.

–¿Cambió tu percepción del éxito?

–¡Claro! Entendí que el éxito no es que todo vaya en ascenso. Podés frenar, retroceder, que te vaya mal… El éxito tiene que ver con los fracasos laborales, amorosos, porque la vida es todo, es una mezcla, las cosas no se separan… Y me empecé a encontrar a partir de hacerme preguntas. “¿Cómo quiero vivir?”, “¿Qué me llama la atención?”, “¿De qué tipo de gente me quiero rodear?”. Y dije: “Yo puedo ser comunicadora de esto que me gusta, y puedo ser un modelo de esto que me apasiona”.

–¿Influyó el crecimiento de tu hija en esa búsqueda?

–No, fue algo muy propio. Aunque para mí es difícil describir la maternidad, porque me resulta muy natural. Siento que Matilde nació conmigo, no sé cómo explicarlo. Pero me parece que este es un camino propio, muy egoísta en un punto, que tiene que ver con mi historia y con las oportunidades que me quiero dar con la edad que tengo. Oportunidades de estudiar, que para mí es un desafío. Yo terminé el colegio y nunca más agarré un libro de estudio. Leo porque me gusta, pero estudiar, lo que se dice estudiar, no estudié más. Quizás, pensándolo mejor, sí, en algo debe haber influido, porque la intervención de mi hija en mi vida es tan natural que casi no me doy cuenta.

–Imagino que este bienestar debe haber sido clave en tu predisposición para estar de nuevo en pareja.

–Yo estaba dispuesta y predispuesta a encontrar una persona como la que encontré. No tenía la energía puesta en conflictos y esa energía que uno les pone a las batallas se la empecé a poner a cosas mucho más favorables, como la huerta. Y eso te ubica en otro lugar para la vida en pareja, se te abren un montón de caminos.

–¿Qué más aprendiste de la naturaleza?

–Quizás suene fuerte, pero para mí el contacto con la naturaleza es clave para aprender a morir. Quiero tener conciencia de mi finitud y quiero haber pasado por esta tierra respetándola y admirándola.

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