Prisiones textiles

En un reciente artículo, la destacada analista española Pilar Rahola observaba la presencia de varias mujeres cubiertas por ropas musulmanas en la ciudad de Barcelona. Utilizaba para ello la metáfora de un “encierro en una prisión textil” que se extiende a toda España, con mujeres de origen islámico víctimas de un dominio masculino violento, público pero a la vez silencioso. Se pregunta la aguda catalana si corresponde pervertir los derechos civiles de las democracias liberales modernas en pos de un paternalismo etnicista. Cuestiona que, al amparo de una idea enfermiza de defensa del multiculturalismo, las democracias terminen atadas a leyes de sometimiento medievales. “Callar no es progreso, es complicidad con la opresión”, advertía.

Sus denuncias referidas a la criminalización de quienes promueven abrir el debate sobre el aumento de las prácticas antidemocráticas empujadas por comunidades musulmanas no son nuevas. En el mismo terreno ubica al debate de otros temas candentes como la inmigración y la delincuencia. Hay sectores cegados por un progresismo impulsado por la izquierda y por la masiva presencia de imanes salafistas, miembros de facciones radicalizadas y totalitarias del movimiento islamista, a quienes atribuye promover el regreso a viejas tradiciones.

Pretender hablar de los retos que plantea el crecimiento de la presencia del Islam en Europa es ganarse el mote de islamofóbico o extremista de derecha, afirma Rahola. Las consecuencias de este polémico vacío son, a su juicio, tres: la extrema derecha se apropia del tema y lo utiliza para manipular; se alimenta la impunidad del radicalismo islámico y se abandona a su desdicha a las mujeres musulmanas.

En 2010, un estudio de investigación del prestigioso Pew Center de Washington D-C. señalaba que si la tendencia por entonces vigente persistía, los 72 países con un millón o más de musulmanes pasarían a ser 79 para 2030. Hoy son más los que viven fuera que dentro del mundo árabe. Con tasas de fertilidad más altas por cada mujer islámica y un sistema poligínico, en Europa se preveía un crecimiento que llevaría los 44 millones en 2010 a más de 58 millones en 2030, a pesar de que la tasa anual de crecimiento, calculada en un 2% para 2010, se proyectaba a 1,4% para 2030.

Entre mediados de 2010 y 2016, unos 3,7 millones de musulmanes emigraron a Europa, lo que permite calcular que para 2050 se habrán convertido en un 14% de la población del continente. Unos 25 millones de musulmanes viven en los 28 países de la Unión Europea; tres cuartas partes ya son ciudadanos europeos, por naturalización o nacimiento. Han venido de países y etnias distintas, hablan lenguas diferentes, tienen confesiones diferentes; es un error englobarlos y estigmatizarlos a todos bajo el “islam”. Hay países islámicos seculares y otros que imponen la sharía, la ley islámica; los hay que protegen a las minorías cristianas y otros que las discriminan y atacan; los musulmanes adinerados tienen un fuerte poder en la economía mundial a la vez que países mayormente musulmanes como Afganistán, Sudán o Yemen sufren altos índices de pobreza.

Grupos terroristas como ISIS, Al Qaeda, Boko Haram, Al Shabab y Daesh, entre otros, claman obedecer a Alá al librar la yihad portando armas contra el Occidente infiel y contra los gobernantes musulmanes que no aplican la sharía, mancillando la imagen de una religión de paz. Más influidos por las corrientes occidentales, los islámicos liberales se alejan de la violencia y el extremismo.

La historia confirma que los intentos por asimilar a las minorías pueden conducir a conflictos políticos y sociales, además de guerras. Los sentimientos y temores antimusulmanes se multiplican y las crecientes tensiones preocupan ante políticas de integración muchas veces ausentes, cuando no erráticas o incoherentes. En este contexto, los partidos ultraderechistas presentan la inmigración como amenaza y alimentan la islamofobia.

Recientemente, el electorado islámico se presentó a elecciones legislativas en distintas ciudades del Reino Unido con candidatos independientes. Las ciudades de Blackburn, Bradford, Pendle, Oldham y Manchester fueron testigos de este fenómeno de captación de votos islámicos. Esta realidad se repite con matices en distintos países.

Al ritmo de vertiginosos cambios políticos y económicos en el mundo en diversas áreas, no resulta sencillo predecir el futuro pero sí es imperioso establecer los debates y las conversaciones necesarias para que los nuevos desafíos conlleven también oportunidades. Al decir de Rahola, hay que diferenciar entre religión e ideología, dominio y cultura, tradición y misoginia violenta. Compartimos su preocupación respecto de que “El problema es grande e irá a peor… es una bomba de tiempo que nos estallará en la cara”. Mirar para otro lado ya no es posible.