No la adoptaron “por ser muy grande”, vivió en la calle y, de adulta, tomó una decisión que cambió su destino

La infancia de Viviana Guerrero no fue fácil. Podría resumirse así: 12 hermanos que estaban gran parte del tiempo solos. Una madre trabajadora sexual, único sostén del hogar, que pasaba largas jornadas fuera de la casa. Un papá alcohólico y violento con su mujer que, cuando ella se decidió definitivamente a pegar el portazo, quedó a cargo de sus hijos y los empujó a que empezaran a trabajar en la calle, donde buscaban chatarra para vender. No les pegaba, eso sí, y para Viviana ya era bastante. Pero pasaban hambre, no iban a la escuela ni hacían ninguna de las cosas que se espera de las chicas y los chicos de esa edad. En ese momento, ella tenía 11 años.

Fueron los vecinos de su barrio los que hicieron la llamada, los que alertaron a las autoridades sobre la situación de extrema vulnerabilidad en la que se encontraban las niñas y los niños de la familia Guerrero. Viviana se acuerda como si hubiese sido ayer del día que la buscaron para irse al Hogar Nuestra Señora de Lourdes, de Campana. Los llantos de sus hermanitos. El no querer dejar la casa paterna. El miedo. La incertidumbre. “Fue muy duro para mí la denuncia de los vecinos. Estaba por cumplir los 12 años y esa era la edad límite para entrar al hogar al que iban a llevarnos. No entendía lo que pasaba, pero pedí ir igual porque quería estar con mis hermanos: no quería que nos separaran”, recuerda Viviana. En ese entonces, no podía imaginar que ese lugar terminaría cambiando su vida.

La única posibilidad no es la adopción: ¿Cómo involucrarse con los chicos que esperan una familia?

Hoy tiene 44 años y trabaja como cuidadora en el mismo hogar al que llegó tres décadas atrás. Su historia está cruzada por violencias y vulneraciones de todo tipo, y se parece a la de muchos de los más de 9.000 chicos y chicas que, según las últimas cifras oficiales, viven en hogares a lo largo y ancho del país. En todos los casos, una jueza o juez tomó la decisión de separarlos de sus familias, y esperan en las instituciones a que se resuelva su destino: que sean declarados en situación de adoptabilidad o que puedan volver con su familia de origen o ampliada (como tíos o abuelos, por ejemplo). Pero muchos cumplen los 18 años allí, y nos les queda otra opción que salir al mundo por su cuenta. Solos.

Si bien la mayoría de los hermanos más pequeños de Viviana fueron adoptados tiempo después de ingresar al hogar, ella no tuvo esa posibilidad. Desde el juzgado consideraban que, por su edad, sería imposible encontrarle una familia, y bajaron los brazos de antemano: ni siquiera lo intentaron. Viviana asegura que tener una familia lo hubiese cambiado todo.

Ser adoptado siendo un preadolescente o adolescente, no es fácil en la Argentina (y, hace algunos años, lo era menos todavía): en los registros de postulantes a guarda adoptiva de todo el país, son poquísimos los candidatos a ahijar a chicas y chicos de más 12 años. Además, décadas atrás, tampoco eran frecuentes las convocatorias públicas, una herramienta que actualmente es mucho más utilizada por los juzgados: se trata de llamados abiertos a toda la comunidad para encontrarles una familia a los niños y adolescentes a los que más cuesta hallarles una. Es su última oportunidad y, en muchísimos casos, logra cambiar el presente y futuro de las infancias.

Infancias vulneradas

En la casita donde Viviana pasó los primeros años de su niñez, faltaba de todo. Luz. Agua corriente. Baño. Pero la ausencia de servicios elementales, para ella, era lo de menos. Sobre todo, la marcó la violencia que sufría su madre por parte de su papá y de la que ella y sus hermanos eran testigos. Y recuerda cómo cuando su mamá se fue de la casa para no volver, su padre la mandaba a buscarla, sin éxito, por todo Campana.

Pasar a vivir en el hogar, con normas y una estructura, no fue fácil para Viviana y sus hermanos. No estaban acostumbrados a las rutinas, como bañarse todos los días, respetar el horario de las comidas o entender que cada uno tenía que dormir en su cama. “Las primeras semanas, mi hermanito más chico hacía sus necesidades en la rejilla del baño, en el piso, porque no sabía lo que era un inodoro: nunca habíamos tenido uno. Como yo era la hermana mayor, siempre lo tenía que limpiar para que nadie nos llamara la atención”, cuenta Viviana.

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También se acuerda de que, así como llegó al hogar, se fue. Cree que estaba cerca de cumplir los 13. Habían ido a visitar a su abuela y decidió quedarse a vivir con ella. “Pero me la pasaba en la calle, yo hacía lo que quería porque nadie me prestaba atención, así que ni siquiera iba a la escuela”, explica. Igualmente, nunca dejó de ir al hogar, siempre se acercaba para ver a sus hermanos y no perder la relación: para ella, eso era algo fundamental.

Hoy, mirando para atrás, la mujer reflexiona acerca de lo importante que hubiese sido para ella haber tenido la posibilidad de ser adoptada: “Mis hermanos tuvieron oportunidades que yo no, básicamente la posibilidad de tener una familia. Además, también pudieron estudiar, cosa que yo pude hacer de grande”, resalta.

Cuenta que Débora, la hermana que le sigue en edad, tampoco tuvo la posibilidad de tener una familia. Si bien estaba en situación de adoptabilidad, las vinculaciones que se realizaron con posibles candidatos no prosperaron, y la chica permaneció en el hogar hasta que cumplió la mayoría de edad. Fue Débora quien le contó a Viviana, años después, que estaban buscando una cuidadora y la convenció para que se postulara al puesto.

Volver a empezar

Hoy Viviana trabaja en el hogar que marcó su infancia. Disfruta de su trabajo al punto de que siempre espera el momento en el que se termina su turno para poder jugar con los chicos e interactuar como “una más”. “Intento que la pasen bien, hacemos pijamadas y comemos pochoclos mientras vemos pelis con los colchones en el comedor. Me encanta estar con ellos y pasar tiempo juntos, como cuidadoras también somos personas y nos encariñamos, pero cuando se van, entiendo que es para estar con una familia que los va a amar, cuidar y que van a estar bien”, explica Viviana.

Dice que la vida en el hogar es muy similar a la de hace 30 años, cuando ella era una niña. Viviana, como el resto de las cuidadoras, le enseña a los chicos los horarios de las comidas y cómo organizar su rutina: desde los tiempos de disfrute hasta los que hay que dedicar al estudio o al descanso. “Ahora también vienen maestras, a diferencia de cuando yo estaba, y hay mayor ayuda terapéutica, como psicólogas o psicopedagogas”, describe.

Algo que resalta es cómo actualmente se busca mantener a los hermanos juntos, y que todos sean adoptados por la misma familia o por más de una, pero con el compromiso de mantener el vínculo entre sí. “Hace 30 años esto no sucedía y a mí me costó volver a contactar a mis hermanos”, dice.

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El que exista un acompañamiento personalizado, “uno a uno”, de cada una de las niñas y niños que viven en el hogar es, para Viviana, fundamental. Hacerlos sentir únicos, queridos, cuidados. “Muchos chicos que llegan sienten que se merecen la vida que tienen, que van a ser igual que sus padres, pero yo siempre les digo que hay otro camino”, cuenta Viviana.

En Hogar Nuestra Señora de Lourdes actualmente hay 23 chicos y chicas de 3 a 12 años. Aunque Viviana estuvo poco tiempo allí cuando era chiquita, lo valora muchísimo, porque en ese lugar se sintió cuidada y contenida. Además, está agradecida porque fue gracias al paso por esa institución que sus hermanos pudieron “criarse con una familia y estar bien”.

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Considera que el no haber tenido esa posibilidad hizo que todo fuera más difícil para ella. Pero no bajó los brazos: terminó el secundario de adulta y estudió la licenciatura en Laboratorio. Ahora, está capacitándose para ser acompañante terapéutica e hizo cursos de estimulación temprana. Su sueño, es seguir acompañando a las infancias más vulneradas. “Aunque para los niños, niñas y adolescentes que llegan a los hogares suele ser una situación muy difícil de transitar, al mismo tiempo son lugares en los que pueden estar bien cuidados y protegidos hasta encontrar una familia que los ame”, concluye Viviana.

Cómo colaborar

Hogar Nuestra Señora de Lourdes de Campana: es una obra de Cáritas Parroquial Santa Florentina creada en 1981. Como la inmensa mayoría de los hogares, esta institución funciona gracias a voluntarios que aportan su tiempo y personas e instituciones que colaboran de diferentes maneras, desde donando ropa, dinero o útiles escolares. Las necesidades son muchas: artículos de limpieza e higiene personal (como shampoo, crema de enjuague, jabón o dentífrico), alimentos en general, entre otras. Para donar, hacer click aquí o escribir a [email protected]. Más información: Instagram y Facebook

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