La pasión según Alma Mahler

La pintura de Klimt, la música de Mahler, los azules de Kokoschka, el genio de Gropius, la literatura de Werfel. Difícilmente una mujer haya atravesado la biografía de tantos hombres de la cultura como Alma Schindler (1879-1964). En Viena, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, la pasión marcó el norte de su brújula. La historia no deja mentir: tres maridos, parejas, amantes, de quienes fue musa y más, la llevaron a reclamar su libertad, que había cedido por mandatos que equivocadamente se camuflan con el amor. No fue la compositora que hubiera querido, aunque llegó a crear 16 lieder antes de cumplir los veinte. Ya sin reprimirse, en el último tramo de su historia contó todo en sus memorias.

Su diario es tenido en cuenta como fuente por investigadores de numerosos personajes a los que conquistó, seductora serial al fin. Por ejemplo, la magnífica obra completa de Gustav Klimt (600 páginas, ¡cuatro kilos y medio!), que Taschen publicó por los 150 años del nacimiento del artista, cita a Alma Mahler-Werfel para contar que era una muchacha soltera todavía cuando asistió a la exposición de Schubert al piano, sobrepuerta para el cuarto de música de un mecenas. Aunque es un hecho muy difundido, el libro sostiene como “un rumor a explorar” que fueran amantes. Cita también el diario para poner en duda que el pintor haya muerto de sífilis. Y no hace mención a una viñeta que podría ser más que una simple anécdota, teniendo en cuenta el cuadro más famoso del artista. Se dice que cuando ella tenía 16 y Klimt, 34, él, que era amigo de su padrastro (Carl Moll se casó con la madre de Alma cuando enviudó), le dio su primer beso. Célebre, El beso sigue sin resolver la hipótesis de que Klimt se haya retratado a sí mismo ni con quién.

La relación de Alma con el compositor Alexander Zemlinsky fue previa al vínculo crucial que tuvo con Gustav Mahler, casi 20 años mayor; dos hijas nacieron de los esposos: María murió a los cinco años; Anna fue escultora. Los términos de su contrato marital incluían renunciar de lleno a sus propias inquietudes musicales, porque dos compositores en una pareja eran demasiado, creía él. Además de su mujer, sería entonces la copista de la obra del célebre director, que se inspiró en ella para el bello “Adagietto” de la Quinta Sinfonía.

Alma conoció a Walter Gropius, futuro fundador de la Bauhaus, en 1910 en un balneario a 120 kilómetros de Viena, durante uno de los retiros de verano que su marido tomaba para inspirarse. Cuando este se enteró de que el arquitecto era su amante, intentó recuperarla. Escucharla. De entonces data el famoso encuentro de Mahler con Sigmund Freud, a quien acudió en busca de ayuda. Pero murió al año siguiente.

Siguió una atormentada relación con Oskar Kokoschka, que la llamó La novia del viento. El pintor perdió la cabeza: encargó una muñeca idéntica a ella cuando terminaron.

En 1915, Alma se casó con Gropius, un segundo matrimonio que duraría cinco años. Y no sería el último: con Franz Werfel se unió legalmente en 1929. Juntos huyeron en la Segunda Guerra y se radicaron en los Estados Unidos. Del novelista, autor de La canción de Bernardette, enviudaría en 1945. Instalada en Nueva York, los años siguientes se dedicó a publicar cartas, papeles y notas.

Hija de una cantante y un pintor, esta “mujer de una complejidad insólita –la define Cate Haste en el prólogo de Un carácter apasionado–, objeto de veneración y a la vez de desprecio”, inspiró numerosas películas (Una sombra en el pasado; Confesiones en el diván; La novia del viento; Alma Mahler, la pasión). En teatro, se puede ver actualmente la obra de Víctor Hugo Morales, con dirección de Pablo Gorlero, Alma Mahler, sinfonía de vida, arte y seducción. Ardiente y deseada, extraordinaria y aparentemente ajena al qué dirán, Raquel Ameri le pone todo el cuerpo a ese torbellino que desató pasiones hace un siglo en Viena.

La sensación de que ninguna semblanza logra atrapar al personaje por completo es la mejor razón para insistir en la curiosidad. Con ella, siempre, un mundo fascinante se abre.