La otra cara de la Luna: una efectiva comedia romántica con el trasfondo del alunizaje y las tensiones de la Guerra Fría

La otra cara de la Luna (Fly Me To The Moon, Estados Unidos/2024). Dirección: Greg Berlanti. Guion: Keenan Flynn, Bill Kirstein, Rose Gilroy. Fotografía: Dariusz Wolski. Edición: Harry Jierjian. Elenco: Scarlett Johansson, Channing Tatum, Woody Harrelson, Ray Romano, Jim Rash, Anna Garcia, Nick Dillenburg, Donald Elise Watkins, Noah Robbins. Calificación: Apta para todo público. Distribuidora: UIP-Sony. Duración: 132 minutos. Nuestra opinión: buena.

Cuando se estrenó Sintonía de amor, de Nora Ephron, guionista conocida por el éxito de Cuando Harry conoció a Sally, muchos fueron los desilusionados. La primera había sido terrenal y mundana, centrada en la compleja relación entre amor y amistad, signada por las vicisitudes del tiempo y la “guerra” de los sexos. En cambio, Sintonía de amor parecía tener el espíritu melancólico de Algo para recordar y las imágenes del Empire State, un amor gestado en ausencia y cristalizado como proyección de un imaginario cinematográfico. Era la película que retrataba el amor, no como ocurría en la realidad, sino en el cine.

La otra cara de la Luna parte de la misma idea, un romance que puede ocurrir en cualquier tiempo y espacio, aun en el corazón del alunizaje, y que nace de la ficción, creación que a menudo se amalgama con lo que conocemos como realidad. Por eso estamos en pleno año 1969, con sus colores pasteles y sus últimos destellos de inocencia. Estados Unidos acaba de atravesar Vietnam y los asesinatos políticos de los Kennedy, el crepúsculo del ‘flower power’ y la disputa con la Unión Soviética por conquistar el espacio exterior y las cabezas de los terrícolas. ¿Qué mejor idea que vender la carrera espacial como una meta compartida por la nación? No parece tan fácil pero hacia allí se dirige Moe Berkus (Woody Harrelson), artífice del poder en las sombras, quien contrata a la mejor en el rubro para una tarea difícil: Kelly Jones (Scarlett Johansson) es la reina de la publicidad de la avenida Madison, una mujer que se hizo a sí misma, capaz de vender lo imposible y dueña de una autoestima envidiable. Su destino será Florida, donde el proyecto del Apolo 11 busca sortear las desgracias pasadas y unir al país bajo una misma bandera. Aunque esté flameando en la Luna.

Mientras tanto, en Cocoa Beach, el ingeniero Cole Davis (Channing Tatum) debe lidiar con los contratiempos del trabajo en la NASA: la apretada cuenta regresiva hacia el despegue, la falta de presupuesto y la desconfianza de los senadores de lo imprescindible de esa gesta para sus votantes. Cole es el modelo del héroe norteamericano, un cowboy de los aires signado por una herida en su corazón, tan literal como simbólica. Lo que sigue es el choque de esos opuestos, con todas las consecuencias imaginables para la misión -vender relojes con la cara de Neil Armstrong para obtener fondos-, y también para el devenir de la comedia romántica, que adapta sus arquetipos a los aires de Cabo Cañaveral y la discusión política de los 60. Lo que importa, en definitiva, es menos el por qué del amor -de hecho el encuentro inicial recoge la impronta del flechazo-, sino cómo los tiempos sociales afectan los sentimientos y en qué medida para entender la realidad se necesita del amuleto de la ficción.

Dirigida por Greg Berlanti (Yo soy Simón) con más oficio que virtuosismo, bañada con el brillo de Scarlett Johansson y enfundada en el traje clásico que le gusta vestir a Channing Tatum, la película utiliza el artificio del romance para deconstruir el mito de la carrera a la Luna como una gesta nacional cuyos motivos tenían más que ver con la Tierra que con el espacio exterior. En ese juego de mentiras y verdades que se entrelazan, el amor se construye entre ambas, a veces demasiado edulcorado que empalaga, otras con el toque ácido necesario para su reflexión.