En Tornados hay más clima de cine catástrofe que de genuino drama humano

Tornados (Twisters, Estados Unidos/2024). Dirección: Lee Isaac Cheung. Guión: Mark Smith. Fotografía: Dan Mindel. Música: Benjamin Wallfisch. Edición: Terilyn Shropshire. Elenco: Daisy Edgar-Jones, Glen Powell, Anthony Ramos, Maura Tierney, Brandon Perea. Duración: 122 minutos. Distribuidora: Warner. Calificación: solo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena.

La conexión directa entre Tornados y su espléndida predecesora empieza y termina en el prólogo de esta nueva incursión que Hollywood hace de lleno en el cine catástrofe, con plena conciencia de su impacto. Twister (Jan de Bont, 1996), película que no perdió en estos 20 años nada de su encanto, su intensidad y su espíritu de gran aventura, empieza con la descripción del momento en que la pequeña Jo sufre en medio de un devastador tornado el trauma y la dolorosa pérdida que marcarán su vida adulta, una vez que aquella niña se convierte en experta meteoróloga que desafía a la naturaleza.

En el comienzo de esta flamante secuela que se debate todo el tiempo entre asumir y rechazar el vínculo directo con su predecesora, Kate Cooper (la británica Daisy Edgar-Jones, cambiando su acento natural por el de una chica del Midwest) ya se muestra como la más aguerrida integrante de un grupo autotitulado “domadores de tornados” y creadora a la vez de un dispositivo con el que trata de morigerar el efecto de estos devastadores fenómenos naturales. En esa búsqueda, determinada por una experiencia simétrica a la que vivió Jo dos décadas atrás, aparece la única línea que conecta directamente este relato con el de Twister, aunque sin mencionar ni a uno solo de sus recordados personajes.

Planteadas así las cosas, Tornados es el nuevo capítulo de un relato que retoma unos cuantos elementos y alguna localización específica (Oklahoma, la región de la geografía estadounidense que más los sufre) del film de 1996. Pero ingresa en el mismo terreno como si quisiera escribir todo de nuevo.

La actualización incluye referencias veladas al cambio climático, grupos humanos en los que la diversidad funciona como un mandato y cuestionamientos a la cultura corporativa. Uno de los protagonistas llegará a decir que los tornados se clasifican de acuerdo a la magnitud del daño que provocan. El villano de esta película es un desarrollador inmobiliario que se aprovecha de la situación límite de quienes perdieron todo para hacerse de sus tierras a precio vil.

Esa es la realidad que Cooper quiere corregir con la ayuda de su antiguo compañero de doma Javi (Anthony Ramos, menos expresivo que de costumbre), con quien comparte más de un equívoco. En esas cosas de cazar tornados del modo más temerario también anda Tyler Owens, un experto meteorólogo y cowboy contemporáneo personificado por Glen Powell, el chico de moda en Hollywood, dueño de una genuina y seductora presencia de estrella que abusa, al menos en este caso, de la pose canchera y arrogante.

Con sus excesos y carencias, los tres son personajes de acción, nobles, decididos y siempre resueltos. Alrededor de ellos se podría tranquilamente elaborar una historia de ribetes tan clásicos y distinguidos como Twister. Pero esta continuación retrocede respecto de la original, una historia en la que el drama humano y la responsabilidad profesional de sus protagonistas adquirían pleno sentido (y plena emoción) en una misión compartida: atender y resolver serias cuestiones climáticas.

Aquí, en cambio, los tornados dejan de ser representaciones muy adecuadas de conflictos planteados a la escala de la conducta humana para transformarse en algo muy parecido a las superproducciones de cine catástrofe con temática atmosférica firmadas por Roland Emmerich.

La narración siempre fluye, los conflictos son creíbles y las vastas extensiones rurales de Oklahoma embellecen la imagen, además de darle un apropiado marco al relato. Pero lo que termina imponiéndose como fin en sí mismo es la portentosa maquinaria digital aplicada en este caso a mostrar cómo un tornado puede dejar en segundos tierra arrasada en cualquier parte.

Lee Isaac Chung, el director de origen surcoreano que llegó a esta producción después de lucirse como explorador de identidades y de grandes cambios generacionales en Minari, se convierte aquí apenas en un narrador prolijo e impersonal. Aquella dimensión humana que se impuso hace casi 20 años en Twister ahora se subordina, con una temática similar, a todo lo que hoy es capaz de ofrecer el mejor departamento de efectos visuales de Hollywood.