Divina Gloria, una chica Olmedo atípica: cómo logró trabajar con él y el gran dolor que le causó su muerte

Está orgullosa de haber sido “una chica Olmedo”. Divina Gloria la peleó para ser parte de esa troupe y recuerda esos tiempos con nostalgia. Con apenas 1.40 metros de altura, no era la típica vedette con poca ropa, pero se destacaba por su simpatía y su picardía. Dice que Alberto Olmedo fue casi como un padre para ella y que el día de su muerte, el cielo se tiñó de negro y llovió torrencialmente, a modo de duelo. En diálogo con LA NACIÓN, Divina Gloria repasa sus días con Olmedo en No toca botón y Éramos tan pobres, recuerda qué estaba haciendo cuando le dieron la noticia de su muerte y bromea sobre la competencia que había entre “las chicas Olmedo”.

-¿Cómo llegaste a trabajar con Olmedo?

-Mi papá, Pedro Goldsztern, era amigote de Hugo Sofovich y le pedía “metela a la nena”, pero a la nena no le daba la altura. Mi papá lo ayudó a conseguir un espacio para hacer una película en la que yo hago una secuencia y lo tiro a Mario Sánchez al agua y después una escena con Olmedo, en Las mujeres son cosas de guapos. Pero todavía no era la chica Olmedo que fui después. Ese verano hice temporada con Mar del Plata con Michel Delhaye, del grupo Caviar, y nos fue a ver una amiga de Olmedo, Inés Quesada, que era vecina de su casa en Punta del Este.

-¿Y…?

-Le contó que hacía un personaje increíble y Olmedo me llamó para que nos conociéramos. Me dejó mensajes en el contestador y yo pensé que era una broma, pero era Olmedo. Me vino a ver a casa, le recité, le bailé tap, hice de Berta Singerman, un popurrí de talentos (risas). Me pidió que fuera a Canal 11 el miércoles porque iba a grabar los avances de No toca botón. Cuando fui y Hugo me vio, me dijo: “¿Qué hacés, Martita. Ese es mi nombre…” ¿Se entiende la paradoja? Estaba decretado que yo tenía que ser una chica Olmedo, y eso me da mucho orgullo y un amor perpetuo. Nunca me imaginé tanta popularidad, que el país se detuviera para ver al Negro y que yo fuera parte de eso. Hoy la gente me saluda por la calle y eso es porque soy de Olmedo. Yo tendría unos 20 años cuando empecé a trabajar con él. Nunca lo llamé Alberto, para mí era el señor Olmedo. Hicimos teatro, giras, películas y televisión.

-¿Recordás cómo te enteraste de su muerte?

-Ese día habíamos ido a desayunar con Javier, uno de los hijos de Olmedo y después me fui a mi casa. La noche anterior fuimos a cenar todos luego de la función y después algunos seguimos y fuimos a bailar y a desayunar. Ese día íbamos a ir al cine a la tarde con el Negro Casas, que era su asistente y fotógrafo personal. Me acuerdo de que esa noche Olmedo me regaló una rosa, yo estaba con una bailarina amiga, Mariana Schusterman, y él se fue con un paquetito de comida. Cuando ya estaba en casa, sonó el teléfono de casa y era Mariana que pasaba por la Peralta Ramos justo en el momento inmediato a su caída. La gente salía de sus casas para ver qué pasaba y si era verdad… En el medio alguien nos metió en un auto y de repente el cielo se puso negro y empezó a llover torrencialmente. Fue como una película de Fellini, en blanco y negro. El cielo estaba de luto. Porque en ese momento en que murió, él brillaba y hacía feliz a un país entero (se emociona). Tenía algo que lo hizo único y eterno. Fue como un corte a negro. Una enorme tragedia nacional. Me acuerdo de que lo sacaban en andas del teatro porque no podía salir. Lo aplaudían cinco minutos de pie y no nos dejaban empezar la obra.

-¿Hay algún personaje que haya quedado en tu corazón más que otro?

-El de “Álvarez y Borges”, mi personaje estaba enamorada de Portales y anunciaba mi entrada taconeando. Había mucha improvisación, aunque existía un guion y ensayábamos. Yo le cantaba canciones de rock nacional en patas, en el teatro, un segundo antes de salir al escenario. Guardo todos esos momentos como un tesoro, los llevo tatuados en la piel y en el alma. Fue como un papá para mí. Era tan generoso, tan tierno. Era como un mago que sacaba el conejo de la galera, contratos, trabajo, aviones, carcajadas, fotos. Dejó un legado divino. Después de las funciones, íbamos todos a comer, compartíamos cumpleaños y eran mesas de 30 personas. En mi cumpleaños, en el último febrero juntos, hizo cerrar el restaurante, se puso una servilleta en la cabeza, se paró en las mesas y empezó a cantar bulerías, sevillanas.

-¿Cómo siguió tu carrera después de esa tragedia?

-Me uní al programa de la compañía de los uruguayos, tan talentosos. Zapping se llamaba el programa. Me acuerdo de que iba a grabar y después me metía en mi casa para hacer el duelo. Porque cuando se muere alguien que amás, un poco te morís vos. Y con los años me doy cuenta de que llenás esos vacíos trabajando. Todo el tiempo tenía que estar yendo y viniendo como una loca. No puedo creer haber sido una elegida entre mujeres altas y bellas. Y él dijo, “esta rusita, la hebrea”.

-¿Así te llamaba?

-Sí, me decía cosas muy tiernas y geniales. Tuve una conexión como de hija casi. Cuando me encuentro con sus hijos, me dicen “hermanita”, y los siento como mi familia. Nos adoramos… (hace un silencio). De alguna manera, no volvés. Pasan otras cosas, vivís otras situaciones, otros colegas, otros maestros, pero no volvés a esa situación. Sucedió magia en nuestra vida real. Increíble, insuperable.

-¿Cómo se llevaban con las chicas?

-Espectacular. Si había competencia nunca me di cuenta. Mido 1.40 y ellas median 1.80, así que si pasaba algo, no me enteraba… (risas). Había una armonía que imponía Olmedo. Me acuerdo de que si él sabía que yo después hacía un show, apuraba la función para que no llegara tarde. Era lo más. Dos funciones repletas, en el medio llegaban veinte cajas de pizzas de Manolo. Y aparecían mis amigos músicos rockeros. Fue todo un sueño.

-¿Nunca renegaste?

-Me mato antes.

-A la distancia, ¿cambiarías algo?

-No, viví ese momento con inconsciencia e ingenuidad. Nunca me pareció que hubiese nada peyorativo. No era tan perspicaz como para darme cuenta de que alguien me estaba haciendo algo malo o eso que hacíamos era malo. Todo lo contrario. Si estabas mal parada y la luz no te daba, por ejemplo, Olmedo te hacía parar donde corresponde y te hacía brillar con su luz. Fue único. Te daba lugar en el escenario y fuera también. Era un mundo sexy, de burbujas, glamoroso. Susana y Moria también eran chicas Olmedo. Yo mido 1.40… era media vedette (risas).

-¿Qué recuerdo tenés de Beatriz Salomón?

-Bella, hermosa. Mucho más bella a cara lavada. Tenía glamour. Todas cosas lindas recuerdo de ella. La Turca, hermosa.

-¿Proyectos?

-Sigo moviendo el documental Sangre no es agua, que ya ganó varios premios, y sigo cantando, estudiando letras de canciones viejas y haciendo versiones nuevas. Volví a mudarme sola porque mi hijo Lenny ya tiene 23 años, así que me estoy dando panzadas de series, libros, música.