Desilusión en plena luna de miel. “Casi no hablaba, deseaba caminar solo, no quería comer y estaba de mal humor siempre”

En 2014 Débora Parodi (48) conoció a un hombre a través de una página de internet. Al principio, cuenta, hablaban de intereses en común como, por ejemplo, directores de cine, bandas musicales, literatura, historia y arte hasta que la invitó a ver una película de Ridley Scott (uno de sus directores predilectos): Éxodo, Dioses y Reyes.

“Me cautivó su caballerosidad, desde gestos como abrirme la puerta del auto a detalles como organizar encuentros en relación a los gustos compartidos. La segunda salida fue al Museo de River Plate y la tercera al Mercado de Frutos del Tigre. Reconozco que me enamoré de su inteligencia, aunque sus ojos azules no eran un detalle menor. En los comienzos se podía hablar de todo y me hizo sentir que era mi alma gemela”, recuerda Débora, a la distancia.

Primer paso: convivencia

A medida que fueron pasando los días Débora se fue enamorando y entregándose cada día más a lo que parecía ser su príncipe de ojos azules. Como ella se había mudado recientemente y él vivía cerca de su casa, la acompañaba a elegir los muebles para remodelarla. La ayudó a elegir colores de la pintura, a hacer arreglos y de a poco fueron compartiendo más tiempo. A los tres meses ya conocía a su padre y ella a su familia.

A los seis meses de estar de novios, unos días antes de su cumpleaños, él le dijo que quería irse a vivir a su casa y que compartirían los gastos. Tras su respuesta positiva, a los dos días hizo la mudanza y de esa manera ya estaba instalado en su casa.

Hasta ese momento Débora no tenía ningún tipo de sospechas ni preocupación en relación a cómo estaban sucediendo los hechos. Nada parecía marchar por afuera de los cánones de una pareja que se conoce, se enamora y al cabo de unos meses se va a vivir junta.

La primera desilusión

Los meses fueron pasando a la par del amor mutuo que parecía fluir entre los dos. Hasta que a los tres años de convivencia a su enamorado se le ocurrió una idea que sabía que ella no iba a rechazar.

“Una mañana de febrero de 2017 me fui a tribunales y cuando regresé ya no estaba en casa. A la noche cocinó camarones en una salsa de mostaza agridulce con verduras al wok, destapó un vino espumante y al momento del brindis me preguntó si me gustaría ir a conocer Roma. Contesté que sí, entonces me contó que había averiguado en la agencia de viajes para ir en la fecha de mi cumpleaños, así que nos teníamos que casar en el mes de mayo. No me lo esperaba y no supe que responder. Hubo risas y no se habló del tema. Al día siguiente volvió a proponérmelo delante de mi padre y acepté. Elegimos las alianzas y pensamos hacer una ceremonia religiosa en una quinta. Entonces, empezamos a buscar el lugar, pero no nos cerraban los números por lo que mi padre nos regaló la fiesta”.

“Dudé mucho, pero me faltó el valor para tomar esa decisión”

Cuando se acercaba la fecha del civil, cuenta Débora, recibieron en el domicilio la partida del matrimonio anterior de su prometido que habían gestionado sin la inscripción del divorcio. Según le comentó, él desconocía que había que inscribir la sentencia y como estaban muy justos de tiempo decidieron pasar el trámite para más adelante.

Pero él habló con el cura que iba a oficiar la boda y juró delante de él que primero haríamos una ceremonia de bendición de anillos y a la vuelta del viaje a Europa serían el civil y la boda. Se armó todo un conflicto entre los familiares.

Recuerdo haberme reunido con mi madrina para contarle que no me cerraba todo esto, que habíamos invertido mucho dinero y no nos devolvían el total si cancelábamos. Y me dijo: `no canceles nada, una libreta no te asegura nada y vos lo sabes`”, cuenta que le expresó su madrina ya que como abogada Débora se dedicaba a temas de familia y había intervenido en muchos divorcios.

Más allá de que faltaban días para la fiesta y que tenía en claro que el dueño de la quinta no le iba a devolver el dinero a su padre, pensó seriamente en cancelar, pero dice que su novio logró convencerla. “Habló con mi padre y con los familiares y todos me decían que no fuera tan dura y que si había problemas con sus papeles se solucionarían a la vuelta. Habíamos mandado las invitaciones, era una locura cancelar todo a último momento. Dudé mucho, pero me faltó el valor para tomar esa decisión”.

“Terminó siendo una pesadilla”

Más allá de todo lo que pasaba por su cabeza la luna de miel se realizó en la fecha estipulada, pero fue durante esos días cuando su pareja empezó a mostrar una personalidad distinta. “Estaba muy ansioso, no quería compartir tiempo con el grupo que formaba parte del mismo contingente y me dejaba sola en las excursiones. Casi no hablaba, deseaba caminar solo, no quería comer y estaba de mal humor siempre. Sus reacciones eran cada vez más intermitentes, oscilaba entre momentos de alegría y otros de furia. Era un extraño”, recuerda Débora. Y agrega: “Una noche en un hotel de Barcelona discutimos y él se fue. Apareció muy tarde, le dije que me quería volver a Buenos Aires, pero finalmente no me pudieron cambiar el pasaje. Entonces, me prometió que iba a ser diferente, me pidió que lo perdonara. Cuando llegamos a París la ciudad estaba inundada y solo pudimos conocer el Palacio de Versalles. Mi cumpleaños se dio en esas condiciones, entre el clima nefasto y el colapso de la relación. Empecé con un ataque de asma y no nos atendían los médicos. No fue para nada el viaje soñado, terminó siendo una pesadilla”.

Una revelación que terminó con la relación

Cuando regresaron a Buenos Aires sus comportamientos siguieron confundiendo y entristeciendo a Débora que se había desilusionado en el viaje y ya no soñaba con entrar de blanco a la iglesia. Eso había quedado, definitivamente, sepultado.

“La situación se tornó insoportable: no dormía por las noches, escuchaba música hasta altas horas de la madrugada y luego se iba a trabajar, sin dormir. Empezó a tener más horas de trabajo para suplantar a compañeros o por lo menos eso decía. Fue entonces, cuando una tía del interior llamó a casa, charlamos de lo que estaba pasando y me contó algunos detalles que luego él negó rotundamente y nunca quiso aclarar”.

Esa tía de él, le había contado a Débora sobre un episodio de depresión que su pareja había tenido, por lo que durante un tiempo había permanecido en un neuropsiquiátrico. Ella cuenta que intentó ayudarlo, acompañarlo a alguna terapia para buscar una solución, pero él estaba cerrado al diálogo.

Cuando le dijo que iba a buscar un lugar para mudarse, Débora pensó que era lo mejor que podía suceder ya que ella estaba sufriendo y se encontraba viviendo, prácticamente, con un desconocido. “Se mudó y se llevó todo, vació la casa literalmente. Tuve que empezar de cero: comprarme desde un colchón hasta una heladera y también las plantas porque las macetas también se las había llevado”.

La escritura, ese aliado para salir adelante

Débora compartía la angustia y la desesperanza que sentía con su padre, pero como no podía contarle todo decidió empezar terapia. Además, comenzó a realizar actividades como pintura y mindfulness para entender, canalizar e intentar resignificar el dolor.

“Me apoyé en la fe, en el trabajo y tras la muerte de mi padre a los pocos meses, por consejo de mi terapeuta, comencé un taller de escritura narrativa. Los fines de semana me dedicaba a escribir y a participar en concursos literarios sin expectativas. Lo usaba como un motor para crear en función de las temáticas que solicitaban. Y me dio muchas alegrías: obtuve premios, menciones y participé en varias Antologías Internacionales. Era la actividad donde me elevaba, olvidando mi realidad y recobrando fuerzas para transitar el duelo”, confiesa.

De esa manera, Débora comenzó a estudiar narrativa durante dos años seguidos y, orgullosa, cuenta que algunos de sus cuentos fueron publicados. Luego, realizó un taller de poesía donde parió el hijo literario titulado Primicias en el 2020, en pleno confinamiento por la pandemia.

En este tiempo que duró el encierro también realizó otros cursos de escritura creativa de forma virtual con Rosa Montero y su cuento La soledad de los cuerpos fue incluido en la Antología En cuento con rosa, publicado por una editorial mexicana.

“Me costaba salir, no podía sonreír”

Débora está convencida que la escritura la salvó de caer en un pozo mayor y gracias a su nueva pasión comenzó a encontrar un poco de luz en medio de un túnel que parecía no tener salida.

“Realmente no sé dónde estaría hoy porque tenía un vacío muy grande después de tanto dolor. Me costaba salir, no podía sonreír. El primer grupo literario donde participé fue maravilloso, había gente joven, pero la mayoría era mayor que yo, eso me permitió escuchar formas de entender la vida. Ellos fueron una especie de columna, si no asistía una clase me llamaban y hasta hoy en día se preocupan por saber cómo estoy. Así surgieron muchas amistades”.

Actualmente, Débora se encuentra sin pareja, aunque después de todo lo vivido durante su última relación sueña con volver a enamorarse. “Creo que la vida me va a recompensar con un buen compañero, confío en que así será”.

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