Murió Alex Zanardi, el piloto de la voluntad inquebrantable, el hombre que desafió los golpes del destino
Su historia fue tan extraordinaria que muchas veces parecía la de alguien que ya había trascendido su propia vida. En el automovilismo hay pilotos rápidos, valientes, talentosos. Y después está Alex Zanardi. El hombre que daba imagen de indestructible. De un temple, de un coraje poco común. El que estaba cruzado por el destino. El que les decía a todos sin decirlo: “Nada me va a frenar. Jamás”.
Aunque hay destinos que jamás se tuercen. A los 59 años, la vida del italiano se apagó para siempre. Un deportista distinto. Un atleta que jamás se rindió, incluso cambiando de disciplina. O tomando un reto diferente al automovilismo y demostrándole al mundo que todo era posible, siendo cuádruple campeón paralímpico de ciclismo. Un monstruo. La resiliencia en estado puro. De esos con los que hasta el más insensible se emociona al saber de sus proezas pese a las zancadillas que le puso el día a día.

Nacido en Bolonia en 1966, creció con esa mezcla de obstinación y pasión que define a los grandes. En Italia, donde los motores se sienten como religión, Zanardi creció con una mezcla de talento y carácter de esos que no se encuentran. No fue un niño prodigio clásico. Fue otra cosa: un obstinado. De esos que no aceptan el “no” como respuesta. De esos que, cuando la puerta está cerrada, buscan romper la pared.
Su llegada a la Fórmula 1 en los años noventa no fue el cuento perfecto. Compitió desde 1991 hasta 1994 y también en 1999, en los equipos Jordan, Minardi, Lotus y Williams, y consiguió un punto en 1993, al ser sexto con un Lotus en el Gran Premio de Brasil. Ese año protagonizó un fuerte golpe en Spa-Francorchamps, Bélgica.
Entonces cruzó el océano. Su verdadero brillo apareció del otro lado del Atlántico, en el CART, donde fue campeón en 1997 y 1998 con un estilo agresivo, espectacular, casi irreverente. Sus sobrepasos, como el mítico “The Pass”, en Laguna Seca, todavía se cuentan como leyenda. En el CART encontró lo que necesitaba: velocidad, riesgo, espectáculo. Y ahí explotó.
Zanardi corría con una sonrisa. Pero también con algo más: una forma de entender la vida como una batalla que había que pelear hasta el último metro. Nadie imaginaba cuánto le iba a hacer falta esa idea. Porque su historia no se escribe con estadísticas: se escribe con todo lo que le pasó después.
El accidente brutal
El 15 de septiembre de 2001, en el óvalo alemán de Lausitzring, Zanardi perdió el control de su auto. Quedó atravesado en la pista. Otro coche lo impactó a más de 300 km/h. Las consecuencias fueron devastadoras: le fueron amputadas las piernas.

“Todo va de lo mejor. Me estoy curando muy bien. Estoy satisfecho con el tratamiento y aguardo el futuro con serenidad. ¿Cómo vivo mi nueva situación? Con gran serenidad. Estoy consciente de lo que me pasa, pero estoy sereno porque espero dejar pronto el hospital y volver a casa. Deseo comenzar a pensar en la recuperación para poder caminar con nuevos miembros artificiales. Estoy muy sereno y quiero recuperarme, vivir bien. Ahora mi vida es ésta, y estoy feliz de tener a mi familia a mi lado», decía en una entrevista con el Corriere della Sera, cuando todavía estaba internado.
Ahí, para cualquiera, se terminaba la historia. Para Zanardi, no. “Perdí mis piernas, pero no mi vida”, dijo. Y no era una frase. Era un manifiesto.
Fue un volver a empezar. Literalmente. Tras semanas entre la vida y la muerte, y meses de recuperación, volvió a hacer algo que parecía imposible: subirse otra vez a un auto de carreras. No como gesto simbólico. Para competir. Regresó al automovilismo en Turismos, incluso en el World Touring Car Championship, donde volvió a ganar carreras. Pero su segunda vida iba a tomar otro rumbo. Era el campeón renacido.

Como si una vida no alcanzara, Zanardi empezó otra. La bicicleta de mano —el handbike— se convirtió en su nueva herramienta. Y otra vez, lo mismo: competir, mejorar, ganar. Zanardi encontró en el deporte paralímpico un nuevo escenario. Y ahí, otra vez, fue el mejor. En los Juegos de Londres 2012 y de Río 2016 ganó cuatro medallas de oro en handbike: dos en cada uno de los torneos, más un par plateadas, para un total de seis. Su sonrisa en la meta, su energía, su forma de competir… no eran las de alguien que había perdido algo, sino las de alguien que había ganado una nueva vida. “Cuando perdí mis piernas, no perdí mi capacidad de ser feliz”, repetía ante el que le preguntaba por su pasado. Conmovedor de sólo escucharlo, de leerlo. Ese sentimiento llevaba Zanardi debajo de la piel.

Aunque habría más golpes en su camino. Arteros.
En junio de 2020, mientras participaba en una carrera solidaria en bicicleta, Zanardi sufrió un accidente gravísimo en una ruta: chocó contra un camión. Perdió el control de su bicileta al transitar una curva en descenso e invadió el carril contrario, por donde transitaba el camión, cuyo conductor no pudo esquivarlo. Zanardi y un grupo de unos 30 atletas paralímpicos recorrían la ruta provincial 146 de Val D’Orcia.
Volvió a estar al borde de la muerte. Desde entonces, su estado fue reservado. En continuo tratamiento, con avances lentos, con agravamientos. Siempre acompañado por su familia.
La historia de Zanardi no fue la de un piloto de competición. Ni siquiera la de un sobreviviente. Es la de alguien que redefinió qué significa seguir adelante en la vida. Donde otros ven un final, él construyó un segundo acto. Y después, un tercero. Zanardi no fue solo un piloto. No fue solo un campeón paralímpico. Fue, es una idea. La idea de que el final no siempre es el final. De que se puede empezar de nuevo, incluso cuando todo parece perdido. De que el cuerpo puede quebrarse… pero la voluntad no. En un deporte donde se habla de décimas de segundo, de reglajes y de estrategias, él cambió la conversación. La llevó a otro terreno. Porque hay hombres que corren carreras. Y después está Alex Zanardi.
El tipo que, cada vez que la vida le puso una bandera a cuadros… decidió seguir acelerando. No hizo falta exagerar su cuadro de situación ni convertirlo en un mito: su vida ya parecía una ficción. Pero fue real. Y siguió en curso hasta que su alma de guerrero dijo basta a los 59.
