Por qué seguir viendo cine iraní
En los años noventa, cuando el cine parecía repetitivo y agotado, llegó como un bálsamo la marea del cine iraní. Las películas de Mohsen Makhmalbaf, Abbias Kiarostami, Jafar Panahi o incluso una veinteañera como Samira Makhnalbaf (hija de Mohsen), con La manzana, mostraban la vida de personajes en su día a día bajo un prisma tan simple que resultaba único.
No faltaron los que consideraron que esa fascinación era una variante del esnobismo, una impostura. Medio siglo después, sin embargo, esas películas no solo superan el paso del tiempo, sino que algunos de sus realizadores siguen resistiendo.
El cineasta que más circuló entonces fuera de las fronteras de Irán fue Kiarostami (1940-2016). A través de los olivos (1994) quizá sirva para ejemplificar cómo detrás de la simplicidad puede esconderse mucho más: hay un equipo de cine que va a filmar una película a una aldea que sufrió un terremoto. Ese registro documental (en efecto, el sismo existió) se expande en una historia de amor del aldeano que protagoniza la película dentro de la película. Una vuelta de tuerca más: la película que filman bien podría ser Y la vida continúa, la cinta previa de Kiarostami.

La paradoja del cine iraní no es muy distinta a la que vivieron en las décadas de posguerra Polonia o la URSS, a las que les salieron por la culata directores como Wajda o Tarkovski. Como todo gobierno autoritario, el régimen de los ayatollahs fomentó el cine como instrumento de reafirmación nacional, sin contar con el ingenio poético de muchos cineastas para sortear la censura: para evitar el roce entre hombres y mujeres, por ejemplo, les bastó poner en el centro a chicos o a personajes sencillos, y tramas transparentes donde, como telón de fondo, se pudiera observar con elocuencia la vida real y cotidiana.

Pasadas las décadas, la censura se extremó. Los mejores cineastas iraníes actuales (Asghar Farhadi, Mohammad Rosaulof) viven en el exilio. Aunque hoy fuera del país, el caso de Jafar Panahi es excepcional. Parte de aquella primera ola con El globo blanco (la protagonista es una nena que sigue por la ciudad el globo que perdió); con los años, sus películas se volvieron directas y desafiantes. Panahi pasó por eso algunos años en la cárcel y, al ser liberado, se le prohibió filmar. Lo heroico es que continúo haciéndolo, in situ, pero de manera clandestina. Ese es uno de los puntos formidables de una obra como Taxi Teherán (2015), en la que el propio director se pone a conducir un taxi en la capital persa mientras a su vehículo se suben los clientes. Son actores no profesionales, y casi todo se improvisa: hay, entre otros, un pintoresco vendedor clandestino de películas en DVD (todas vetadas por el régimen, claro), una conocida militante de los derechos humanos y la propia sobrina de Panahi, a la que el director pasa a buscar por la escuela, y que con su locuacidad recuerda la inteligencia de las mujeres para pensar más allá de las constricciones del régimen.

También la más reciente Fue solo un accidente, candidata al Oscar, fue filmada en esas condiciones, sin ningún permiso. Y el argumento es de riesgo: un mecánico cree reconocer una noche por el toc toc de su pata de palo a su odiado torturador. Lo sigue y lo secuestra, pero como no está seguro, sale a ubicar a otros que sufrieron en sus manos. ¿Puede una película así tener humor? Panahi se lo permite casi de continuo: por ejemplo, cuando, por tener mal estacionada su van (con el torturador reducido adentro), un par de policías le cobran al protagonista una coima… pasando su tarjeta de débito por un posnet.
Nunca estuve en Teherán, pero a su manera la conozco por los intensos recorridos de esas dos películas. Incluso a veces creo haber tratado cara a cara a algunos de sus habitantes. Cuando se bombardea a un régimen autocrático, no hace falta decirlo, también se bombardea a las personas que se le oponen, como las que atraviesan de lado a lado el milagroso cine iraní.
