¿Está en riesgo el maíz en el norte argentino? El comportamiento de la soja puede tener una respuesta
El maíz tardío es estratégico para el norte argentino. Es uno de los cultivos con mayor desarrollo tecnológico, con buen aporte de rastrojos y cumple un papel fundamental en las secuencias de cultivos. Sin embargo, su continuidad enfrenta desafíos crecientes: fletes largos que pesan más que los de soja (porque se mueve cerca del doble de grano por hectárea), costos más elevados, rendimientos muy variables y riesgos productivos difíciles de anticipar. La pregunta que se hacen muchos productores es bajo qué condiciones resulta viable producirlo y cuánto aporta realmente en la secuencia de cultivos.
En las últimas campañas, gran parte de la atención se concentró en el complejo de achaparramiento del maíz, asociado con patógenos transmitidos por la chicharrita (Dalbulus maidis). Su impacto es indiscutible donde la presión del vector es elevada. Pero atribuirle buena parte de los malos resultados puede ocultar otros procesos y conducir a diagnósticos equivocados. En el Norte, los estreses térmicos e hídricos son recurrentes, y sus efectos interactúan con los problemas sanitarios y otros factores limitantes o reductores del rendimiento.

La última campaña dejó una pregunta reveladora: ¿por qué la soja logró capitalizar condiciones favorables en numerosos ambientes, mientras que el maíz no respondió en la misma magnitud? En algunas zonas, las lluvias llegaron después de la floración del maíz, cuando gran parte del número de granos ya estaba definido, pero todavía permitieron cierta compensación del rendimiento en soja. En otras, hubo condiciones más favorables en floración, pero la nubosidad durante el llenado propició la removilización de reservas y contribuyó al debilitamiento de las cañas, al desarrollo de enfermedades y a pérdidas por vuelco o quebrado. Y en otros lugares, se sumaron una fuerte presión del gusano cogollero y dificultades de control a campo. Por lo tanto, no hubo una causa única: esa incertidumbre se traduce en alto riesgo productivo.
Para entender estas diferencias debemos, nuevamente, volver al estudio de cómo se genera el rendimiento. En ambientes templados y sin grandes restricciones, la eficiencia de uso de la radiación suele ser relativamente estable. En el Norte, aunque la oferta de radiación es generalmente elevada, los golpes de calor, las noches cálidas, la alta demanda atmosférica, el déficit hídrico y la mayor presión de plagas pueden reducir la eficiencia con que el cultivo convierte la energía interceptada en biomasa. Y no solo importa cuánto crece: también cuándo ocurre el estrés y cómo afecta la fijación y el llenado de granos.
A esto se suma otra preocupación: la calidad de nuestros suelos y su fragilidad. Varias campañas con bajo aporte de rastrojos redujeron la cobertura y posiblemente deterioraron la calidad física, afectando la infiltración, el almacenamiento y la disponibilidad de agua. A campo, es común observar, para una misma genética, diferencias cercanas a 2000 kg/ha de maíz entre ambientes, que no se explican por lluvias, temperaturas extremas ni presión de Dalbulus. Es una señal de que necesitamos mirar más allá del clima y la sanidad, en lugar de atribuir esas diferencias automáticamente a una sola causa.
En este contexto, las diferencias de rendimiento entre soja y maíz podrían ampliarse. El maíz requiere una oferta importante de nitrógeno y, en muchos planteos de la región, la fertilización es limitada. En cambio, la soja puede cubrir gran parte de su demanda mediante fijación biológica, y suele tolerar mejor el deterioro del suelo.
El desafío, hoy más urgente que nunca, es comprender las limitaciones climáticas, sanitarias, nutricionales y de suelo, y sus interacciones a escala regional y dentro de cada lote. En las discusiones técnicas nos preguntamos: ¿qué le pasó al maíz? Quizás debamos sumar tres preguntas más profundas: ¿Tenemos diagnósticos suficientemente claros de lo ocurrido? ¿Qué procesos necesitamos medir e investigar para ayudar a decidir? ¿Qué perdemos si reducimos la rotación con gramíneas de verano? Las respuestas no son sencillas. Las instituciones y redes técnicas, que ya vienen realizando un esfuerzo importante, debemos profundizar el trabajo conjunto para transformar datos y observaciones en criterios de manejo y evaluación del riesgo útiles para el productor.
Profesor Adjunto e integrante del Centro de Ecofisiología Vegetal, FCA, UNNE. Responsable técnico de la Mesa Agrícola en la Región CREA Chaco-Santiagueño
