Vino como presbítero, recorrió las pampas y a los pocos años fue nombrado Papa
La visita a partir de pasado mañana del S.S. León XIV a nuestro país, después de haber pasado por el Uruguay, a casi cuatro décadas de la inolvidable visita de Juan Pablo II a ambos países, nos trae a la memoria la presencia de un futuro Papa en 1824 y 1825. Nos referimos a la visita de monseñor Juan María Mastai Ferretti después Pio IX, entonces un joven canónigo que integraba la misión encabezada por el arzobispo Muzzi, a la que nos referimos en estas páginas con anterioridad.
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Cuando pensábamos que poco quedaba por comentar, hemos encontrado nuevos aportes, leyendo el diario de su Viaje a Chile traducido del italiano por Domingo Faustino Sarmiento y publicado en Santiago en 1848 cuando ya estaba el autor sentado en el trono petrino. Además de una carta sobre su experiencia en la Banda Oriental que encontrara el R.P. Guillermo Furlong S.J.
El presbítero Mastai Ferretti, de 32 años, recuerda el viaje desde Buenos Aires a Mendoza en carruajes que llama carrozas tirados “por cuatro caballos, sobre uno de los cuales, como es la costumbre en América, va siempre un cochero, y precedidos o seguidos según el caso, de una escolta a caballo en grande uniforme”. Cuando el camino estaba muy malo, o había un mayor riesgo de ser atacados por los indios, se ataban seis caballos a cada uno de los tres vehículos de la comitiva, y otros tantos hombres, cuyo peso no debía ser muy grande pues se alimentaban de sólo carne asada sobre las llamas a la manera de los salvajes, devorándola sin pan, usándose este muy poco en la ciudad, y ninguno en la campaña.
El aspecto de estos paisanos lo asombró por “sus cabellos largos y cerdosos, llevaban unas botas formadas de la piel de las patas de adelante de los bueyes, que sacan entera, e introducen la pierna por la parte del pelo, de manera que aquella piel parece la suya propia”. Sin duda se trataba de la bota de potro. Calzones largos sin forma y abiertos abajo; una faja colorada desde la cintura hasta las rodillas (el chiripá). Un grueso manto (poncho) sobre las espaldas y ceñido a la cintura con un cinto de cuero del cual pende un largo cuchillo; un sombrerillo de paja, o de lana ordinaria, con ala gacha o sin ella, y la copa en punta. Son después de todo de índole alegre y pacífica”.
Con esa compañía, recorrió el enviado pontificial y su comitiva el camino de la posta de Santa Fe a Córdoba, dejando el camino más directo para no encontrarse con los indios. El mismo camino de la posta no era del todo seguro, por lo que tuvieron que hacer la travesía tan de prisa, que “ya un caballo, ya otro caía muerto en tierra, sin pena alguna de los cocheros que por el contrario se reían grandemente; y pagando dos escudos romanos (2 pesos) ponían en el acto otro de refresco”.
En la posta de Chorrillo atraparon un mataco “animal semejante en cierto modo a la mulita americana”, que abundaban y “cuya carne es muy buena, asada en la concha misma” debieron probar los visitantes. En el cruce de la cordillera alternó con baquianos y arrieros, muchos años más tarde recordaba una revista chilena en su honor: “El joven Mastai se detuvo absorto ante tan sublime cuadro”, aunque su cruce fue muy penoso por sufrir alguna alternativa de salud y debieron parar en una cabaña casi derruida, húmeda y fría para seguir al día siguiente al puesto de Guardia Nueva.
Al regresar de Chile a Europa, pasaron por Montevideo donde descansaron dos meses, estuvieron en la estancia de don Francisco Juanicó, donde fueron espléndidamente agasajados y Mastai en una carta que envió desde Europa así describió la Banda Oriental: “La provincia de Montevideo es capital, se llama provincia Cisplatina, y la habitan cerca de 50.000 almas, aunque bien pudiera contener cinco millones. El terreno es fértil y regado por grandes ríos, entre los que son los principales el Plata, el Paraná, el Paraguay, el Uruguay, el río Grande, el río Negro y el río de Santa Lucía; el Miguelete es un río pequeño cercano a la ciudad, a cuyas orillas se extienden las mejores casas de campo de los propietarios”.
Así como en San Luis lo comieron las chinches, que no lo dejaron dormir, también debió padecer con las hormigas, “que en América son casi infinitas, causan grandes daños en el campo, especialmente a los árboles frutales. La langosta que parecía ser plaga tan sólo de la otra orilla del Río de la Plata, ha traspasado este año el límite y después de haber destruido casi por completo la cosecha en Buenos Aires ha echado a perder mucho también la de Montevideo”. Las guerras como siempre afectan las economías por esa razón escribió: “Desde la revolución, va disminuyendo aquella inmensa cantidad de ganado vacuno que cubría los campos, habiendo propietario rico que contaba hace unos 15 años, hasta setecientas mil cabezas”.
No estuvieron exentas las chanzas, según cuenta Isidoro de María en sus narraciones sobre el antiguo Montevideo. En el viaje al campo de Juanicó debían atravesar un arroyo bastante traicionero en el cual el birlocho que llevaba a Mastai se empantanó y tuvieron bastante trabajo para sacarlo de ese trance, cuando preguntó cómo se llamaba ese curso de agua le respondieron: “Quitacalzones”, a lo que él con buen humor replicó “Pues los nuestros no nos la han quitado” y anotó el nombre en una libreta de apuntes que llevaba.
Seguramente estas y otras historias, estarán sobre aquella estadía en el libro que en adhesión a la llegada del Santo Padre presenta el presidente del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, embajador Juan José de Arteaga en estos días en Montevideo. Valioso aporte a la historia y a las costumbres en ambas márgenes del Plata.
