El mar, basural de la pesca

La aparición de cientos de cajones plásticos de la industria pesquera en las costas de Puerto Madryn no debería ser tomada como una curiosidad provocada por un temporal ni como un episodio que se resuelve enviando cuadrillas a limpiar las playas. Es la manifestación visible de un problema ambiental mucho más profundo y perfectamente evitable.

En las costas de Chubut, la contaminación por plásticos presenta una característica singular. Mientras a nivel mundial se estima que alrededor del 80% de los plásticos que llegan al océano provienen de fuentes terrestres, en playas de áreas protegidas de esa provincia más del 90% de los residuos plásticos recolectados provienen del mar y están asociados con la actividad pesquera.

Redes, cabos, guantes, boyas y baldes utilizados a bordo aparecen regularmente en las playas patagónicas. Pero los cajones constituyen quizá la expresión más evidente de un problema que se ha agravado con el extraordinario crecimiento de la pesca de langostino.

Los números ayudan a comprender su dimensión. Los desembarques de langostino en los puertos chubutenses pasaron de unas 50.000 toneladas en 2013 a cerca de 185.000 en 2024. Puerto Madryn y Rawson concentran más del 80% de esos desembarques.

No es posible atribuir cada cajón encontrado a una determinada empresa o embarcación. Pero tampoco resulta razonable presentar su acumulación como un misterio. Estudios realizados por el Instituto de Conservación de Ballenas y la Fundación Vida Silvestre Argentina, en el marco del Proyecto MaRes, han identificado como posibles puntos de pérdida las operaciones portuarias, las zonas de pesca cercanas al continente y la navegación entre los puertos y los caladeros.

Lo que finalmente aparece sobre una playa es, además, apenas la parte visible del problema. Muchos de esos plásticos permanecen en el océano, donde pueden tardar décadas o siglos en degradarse. Redes y cabos pueden atrapar fauna marina y los plásticos, al fragmentarse, convertirse en microplásticos que persisten en los ecosistemas y pueden llegar al organismo humano.

La cuestión resulta todavía más grave cuando esos residuos terminan en Península Valdés y otros ambientes de extraordinario valor natural. No parece admisible que una actividad que explota económicamente los recursos del mar transfiera a toda la sociedad el costo ambiental de sus residuos.

Existen experiencias que demuestran que el problema puede enfrentarse. En el puerto de Rawson funciona un Punto Limpio para recibir y clasificar materiales provenientes de la actividad pesquera y se han realizado capacitaciones para trabajadores y empresas del sector. Son iniciativas valiosas, pero claramente insuficientes frente a la magnitud del fenómeno.

La solución no consiste en organizar mejores operativos para recoger cajones después de cada temporal. Consiste en evitar que lleguen al agua. Para ello hacen falta sistemas adecuados de almacenamiento a bordo, instalaciones de recepción en todos los puertos, mecanismos de recuperación y reciclaje y, especialmente, sistemas de identificación y trazabilidad que permitan determinar de dónde proviene cada cajón perdido.

También hacen falta controles y sanciones. Quien desarrolla una actividad económica debe hacerse responsable de los residuos que genera. El mar no puede seguir funcionando como un espacio sin dueño donde aquello que cae por la borda deja de tener responsable.

La industria pesquera patagónica debe asumir estándares ambientales acordes con el valor del recurso que explota y del territorio en el que opera. Y corresponde al Estado establecerlos y hacerlos cumplir.

Los cajones que aparecen una y otra vez en las playas de Chubut son una advertencia. Limpiarlos es indispensable. Evitar que vuelvan a llegar es la verdadera obligación pendiente.

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