Coti: su amistad con Andrés y Javier Calamaro, sus diferencias con Diego Torres por “Color esperanza” y los cumpleaños con Maradona

Está de gira Coti y su paso por Buenos Aires es en forma de ráfaga. Solo dos días y de nuevo aeropuerto-avión-próximo destino-. A finales del año pasado lanzó Serenata en Mi Mayor para un amor y un atardecer y la gira de presentación lo encuentra a full entre España y Argentina.

A Buenos Aires Coti Sorokin (el mismo que nació como Roberto Fidel Ernesto Sorokin Esparza) vendrá a tocar a finales de octubre primero, en el marco del festival de Los 40, Primavera Pop (con Abel Pintos, Luck Ra, Ángela Torres y otros), y en noviembre con show propio en C Art Media, el 19. También los lanzamientos lo tienen muy activo en plataformas: un mes atrás lanzó con Olivia Wald “Tus errores” y el próximo jueves verá la luz una nueva versión de “50 horas”, con Silvestre y la Naranja.

“Este año empezamos a girar el 2 de enero y no paramos prácticamente. Vamos a terminar el año con más de 70 conciertos. En diferentes lugares, muchos novedosos para mí. Mucho Argentina, mucho España y un poco Latinoamérica y Europa”, cuenta Coti en la redacción de LA NACION.

Coti Sorokin

–Alguna vez comparaste tus shows con el espíritu del jazz: están establecidas las canciones que van a tocar pero no sabés qué va a pasar con los solos, con la duración de cada tema, con la conversación entre los músicos…

–Hay algo de eso. Nosotros improvisamos mucho arriba del escenario. Tenemos nuestro esqueleto, obviamente, pero me gusta que haya un buen porcentaje de libertad arriba del escenario. Confío mucho en la gente que me acompaña, que son grandes músicos. Confío mucho en la parte técnica, también. Todos estamos como en una situación en la que está ocurriendo algo vivo ahí. No es un videoclip que uno pone play y listo, todo empieza a correr exactamente igual que la noche anterior. Aquí los 70 conciertos te podría decir que prácticamente son todos diferentes. Quizás las listas de temas de algunos se han repetido, pero lo que pasa arriba del escenario es totalmente diferente.

«Color esperanza» y la graciosa anécdota de su hija Leyre» 

–Pensaba en lo que está pasando cada vez más, que es el signo de estos tiempos: mucha pista, mucho de lo que suena en los shows está grabado y llega un momento en el que al espectador le cuesta discernir entre lo que está sucediendo en vivo y lo que es pista…

–Me pasa a mí que soy músico y llevo muchos años en el escenario. Prácticamente no hay diferencia y hay mucho grabado hoy en día. Incluso la voz del cantante muchas veces está grabada en gran parte, por ahí no en todo el concierto, pero si en gran parte. Creo que ahora eso está cambiando un poco. Hace unos años era peor.

Coti está de gira por España y se presentará en Buenos Aires a finales de octubre en un festival y en noviembre con show propio

–El año que viene se van a cumplir 25 de tu primer disco. Tuviste una trayectoria particular en comparación con otros solistas que empiezan con banda primero y que después se largan en solitario. Porque en tu caso, primero se conocieron las canciones, después tu nombre y por último tu cara.

–Y en algún momento se olvidarán de todo (risas).

–¿Soñaste cuando recién empezabas con un cuarto de la trayectoria que tuviste?

–No, la verdad es que no. Y me parece fantástico, porque creo que los verdaderos caminos son los que se hacen un poco a medida de cada uno. Yo creo que sí, que la hice un poco a medida de lo que me fue pasando, lo que fui viviendo, lo que fui buscando y también encontrando. Y además creo que las carreras están, por lo menos la mía y creo que la de mucha gente, atravesada por las historias personales, ¿no? Yo fui papá muy joven y esto lo cuento porque eso fue lo que a mí me llevó a determinadas decisiones artísticas. A la vez tenía una connotación familiar también, de cómo mantener a mi familia, cómo mantener a mis hijos.

La emoción del público al escuchar «Color esperanza»

–Fuiste papá muy joven y pasaste de cero a dos…

–Sí, de cero a dos, con mellizos. Entonces, por ahí no tenía la libertad o el colchón para decir “me voy a encargar de mi carrera solista”. No tuve esa posibilidad hasta que no me sentí con cierta estabilidad económica, que me la dio justamente el trabajo de producir, de hacer arreglos, de trabajar como sesionista, de dar clases, de escribir canciones para otros. Todo eso me dio una tranquilidad económica que me permitió después arriesgarme a iniciar una carrera solista sabiendo que no se iban a quedar sin comida mis hijos.

–¿Y cómo fue ese comienzo en la industria musical como compositor? ¿Qué puertas tuviste que golpear para decir yo tengo canciones a ver si les interesa?

–La primera puerta que golpeé, que en realidad no es que la golpeé sino que se abrió un poquito y yo puse la pata y me metí entero ahí, fue la de Javier Calamaro. Con Javier nos conocimos por una amiga en común. Escuchó unas grabaciones que yo había hecho y me llamó por teléfono sin que yo le dijera nada. Me llamó y me dijo: “Che, estoy armando un estudio nuevo. Me lo tiró así como al pasar y yo ni siquiera vivía en Buenos Aires y a la semana estaba viviendo en Capital y parado en la puerta del estudio esperándolo. A partir de ahí empezamos a ser una sociedad muy copada de muchas cosas, de hacer música publicitaria, música para cine, a producir discos y escribir canciones para otros. También a trabajar en sus proyectos como solista y en producciones grandes como Pampa del Indio, Chiapas, esos compilados en los que conocí a mucha gente. Ahí pude conocer también a Andrés, a Mercedes Sosa, a Charly, a León Gieco, a Fito.

–Y se empezaron a interesar en tu música…

–Andrés fue uno de ellos, Cachorro, López, Claudia Brant, gente de las compañías discográficas como Alberto Ohanian y su hijo, Carlos; Los Enanitos Verdes, un montón de gente que conocí ahí trabajando en el estudio de Javier. Me empezaron a convocar para sus proyectos.

–Es increíble tu relación con los Calamaro. También después pasó cuando empezaste a cantar y se empezaron a hacer conocidos tus temas a través de tu voz, que muchos confundieran a Coti con Andrés, ¿no?

–Y ahora lo confunden a Andrés con Coti (risas). Yo me crie con ellos, aprendí mucho de ellos. Yo había estudiado música, pero ahí fue como una especie de posgrado. En todas mis etapas siempre aprendí mucho y en la etapa con Javier aprendí a producir. Con Andrés aprendí otras cosas. La composición ya la traía conmigo, pero con él aprendí también una forma de componer que me pareció muy interesante. Después grabamos muchas cosas juntos en Honestidad brutal. Muchas de las voces que se escuchan del background las grabé yo. Yo grabé todos los coros de “Te quiero igual”, de “Paloma”, de “Cuando te conocí”. En “Los aviones”, por ejemplo, toda la secuencia de acordes es mía.

Coti: «Yo en un momento me enojé con Diego Torres»

–Vos te fuiste a España, como también se fue en su momento Andrés o como en otra época lo hizo Moris. Había que irse, había que jugársela para trascender allá. Ahora ya no parecería necesario. ¿Notás que hay otra receptividad hoy en día para la música argentina? ¿El camino es más rápido para llegar?

–Mirá, es más rápido todo, es más rápido el camino para llegar y es más rápida la salida también. Es más rápida la subida y la bajada. Ahora, las cosas que se hacen de un modo lento y con tiempo y consolidándose se mantienen más también. Como rápido te conocen, rápido te olvidan cuando no sos parte de la vida de la gente. O cuando no te eligieron de una forma realmente genuina para que entres a su casa con tu música.

–Girar por toda España, por ejemplo, es tu manera de construir una relación con ellos…

–Es que yo hago 40 o 50 conciertos en España en un año. Voy a tocar a Molina de Segura, a Burgos, o sea, no solamente hacemos Madrid, Barcelona y Valencia, sino que tocamos en pueblos, en ciudades pequeñas y en diferentes contextos. La gente te agradece llegar ahí como te agradecen acá en el interior.

–¿Te ven como un músico local?

–No, me conocieron como “el argentino Coti”, pero a su vez hay canciones que conocen los de 20 y los de 30 prácticamente desde que nacieron y que son parte de su vida, como “Nada fue un error”. La vez pasada cuando vino Quevedo a Buenos Aires tocó “Nada fue un error” y le preguntaron por qué lo había elegido y dijo que fue de las primeras canciones que escuchó en su vida y que le gustó. Y que cuando vino acá fue lo primero que él sintió como de nexo de unión entre su infancia y este país. Eso sí es un motivo de orgullo, más allá de los estilos, más allá de las generaciones.

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–Parecido a lo que le pasó a una de tus hijas de chica, ¿no? Escuchó en la escuela “Color esperanza” y cuando le dijiste que era tuya, no te creyó…

–Leyre y Dylan tenían cuatro años. Nacieron cuando estábamos en Madrid e iban al jardín en ese momento. Y llevándola un día al colegio a Leyre, ella empezó a cantar “Color esperanza”. A mí me pareció extraño y después me quedé pensando: “¿De dónde habrá sacado la canción?“. Porque no es que la poníamos en casa, ni yo la había cantado nunca, ni en mis conciertos, ni nada, todavía. Hasta ese momento no había grabado todavía aquel disco de Lo dije por boca de otro. Y entonces le pregunté dónde había conocido la canción y me dijo que se la habían enseñado en el colegio. Y yo le dije: ”Esa canción la escribió papá, ¿sabías? Hace como diez años, cuando tus hermanos eran chiquitos». Y no me creyó. Me dijo: “Mentira, hombre”, porque hablaba en español, bien español (risas). Ahora ya no, se le fue totalmente. Ahora habla “argentino”.

Sobre

–Es increíble todo lo que se puede decir y escribir solo de “Color esperanza”, ¿no?

–Sí da para mucho…

–¿Cómo es tu relación con la canción hoy en día?

–Aprendí a amarla, porque me sigue pasando que me subo al escenario y cuando la estoy cantando veo caritas de gente llorando. Me pasa en todos los conciertos. Y sea donde sea que esté. No me pasa solo en Buenos Aires o en Madrid, me pasa en todos los rincones perdidos del mundo donde voy a tocar. Te puedo decir Bruselas o Ámsterdam o Liverpool o un pueblito de Galicia. Eso es muy fuerte. La vez pasada, una chica del público que no tenía pelo, que quizás estaba haciendo un tratamiento, cuando llegó el tema lloró durante toda la canción. Y yo me conecté con ella, me conecté con lo que pasó ahí, me conecté con la letra, con su expresión.

–Hay canciones con letras más específicas, más puntuales. “Color esperanza” en cada estrofa pareciera abrir una ventana y dejar todo a la interpretación del oyente.

–Eso es muy importante al escribir una canción, que dejes la puerta abierta a la interpretación. Si vos estás contando solo tu historia de una forma periodística, le estás privando al oyente la posibilidad de poner su propia historia en esas imágenes que estás cantando. Siempre tiene que haber un margen de interpretación y un margen de adaptación incluso a las épocas y a las edades, porque imaginate que la cantan personas de distintas edades y con diferentes grados de comprensión.

–Buen punto ese…

–También me parece que todas las canciones buenas de la música popular tienen que tener diferentes grados de comprensión. Cuando vos decís “Let it be”, bueno, significa un montón eso. Y tiene muchos grados de comprensión. Puede ser para un chico de 4 o 5 años y puede ser para alguien de 90. A mí siempre me fascinó eso de la canción popular. Y que también pueda acceder a diferentes momentos de la vida, de la historia también. Mucha gente asocia “Color esperanza” con el 2001; otra gente lo asocia con momentos personales de lucha frente a una enfermedad, frente a una adicción o frente a una relación tóxica. Esa apertura que tiene que tener la música, la poesía para poder adaptarse a diferentes momentos.

–Tiene una conexión espiritual la canción. Cuando murió el Papa Francisco vos interpretaste el tema en un evento privado para homenajearlo y se viralizó. Ese momento se podría linkear con Diego Torres, cuando la cantó frente a Juan Pablo II…

–Dos millones de personas había ese día y yo casualmente estaba ahí, en el Vaticano. Fue una cosa impresionante lo que pasó y cómo marcó a una generación entera de chicos que estaban ese día, de las juventudes cristianas. Pero la canción trasciende, me parece, las religiones. Yo en un momento me enojé con Diego porque él la quiso asociar a una movida política. Yo siempre quise que no fuera asociada a ningún tipo de campaña política. Y he hecho juicios incluso a partidos políticos que la han usado. Me han ofrecido muchísimo dinero para usar esa canción y no solo en España: Ecuador, México, Venezuela, Argentina, Chile, toda habla hispana. En España había una política que se llamaba Esperanza Aguirre. Me estuvieron persiguiendo 15 años para que yo le diera la canción para las campañas y era el partido con más poder económico y político. Me ofrecieron lo que no está escrito para que yo le cediera los derechos. Nunca lo hice. No vas a ver una campaña de ella con “Color esperanza”. No la vas a ver porque no existió. A esa chica que se emocionó y lloró en mi último concierto, no le puedo meter a Esperanza Aguirre en su cabeza. Porque si no, a esa chica no le va a pasar lo que le pasó.

–Y con Diego también tuvieron ciertas diferencias que quedaron saldadas con la versión de 2020 de “Color esperanza” ¿no?

–En un punto volver a hacer el tema estuvo bueno. Una interpretación diferente, en medio de la pandemia y con muchísimos artistas de diferentes partes del mundo que se sumaron a cantarla.

–Fue una versión muy “We are the World”, ¿no?

–Hubiera estado lindo hacerla presencial, pero no se podía en ese momento. Fue muy lindo que esa canción sea de alguna manera un himno. Todos ahora lo banalizamos un poco, pero en aquel momento fue muy duro para todos lo que estábamos viviendo y para el mundo de la música, para el mundo del espectáculo.

–Vos sabés componer, sabés escribir canciones, pero sabés reconocer un hit cuando lo estás creando?

–No, no sé.

–¿Hay algo de olfato o es imposible saberlo?

–Yo digo algo que me parece importante: la palabra hit tiene una connotación de golpe, ¿viste? De momento, de algo más instantáneo. Viendo que hay canciones que tienen 20 años o más y que la gente sigue pidiendo, ya no pertenecen a la categoría de hit, perduraron. Y son constantemente renovadas y reversionadas. Sí me pasa que cuando estoy escribiendo algo, me emociona o no me emociona, digamos. Y no es solamente en ese momento. Yo las dejo un tiempo, las guardo y a los dos días las retomo para recuperar esa primera impresión. Eso en el arte se hace mucho. Crear algo, dejarlo descansar, tratar de olvidar y volver.

–Yendo a tu último disco, Serenata en Mi Mayor para un amor y un atardecer, nombre un poco largo, pero ya desde el título nos dice algo. Obviamente tiene bastante que ver con tu separación de Candelaria Tinelli. Vos no hablaste en su momento. ¿Preferiste guardarte para hacerlo a través de las nuevas canciones?

–Eso lo hice siempre, siempre hablé a través de mi música. En todo, en cuestiones que tienen que ver con lo personal. Recién ahora que mis chicos están grandes hablo de ellos, por ejemplo. Nunca hablé de mis hijos, sí lo hice a través de mis canciones y de un modo bastante subliminal.

–El tiempo también las reacomoda de otra manera a las canciones, ¿no? Ahora puedo escuchar “Laberinto” y decir: “Tiene que ver con su ex”, pero quizás en cinco años le de otra interpretación…

–Mirá, a mí me pasa al revés. Escucho canciones que escribí hace 20 años y las asocio con cosas que me pasan ahora. No sé, escucho “Gatos y palomas” y digo: “Pero pará, esto es lo que me está pasando ahora”. Eso habla un poco de la universalidad del sentimiento y del amor como moneda corriente del ser humano. Y como elemento inspirador del arte.

–Tuviste oportunidad de conocer mucha gente famosa y celebridades de todo tipo. Ni hablar de Maradona y Messi. ¿Quiénes son las personas que más te sorprendieron?

–Bueno, nombraste dos enormes. Sobre todo Diego, con quien estuve más tiempo. Con Lionel estuve dos o tres veces. Por ahí cambiamos unos mensajes, pero con Diego fue en otra era. La primera vez que estuve mucho tiempo con Diego fue en un estudio de grabación en la época de Honestidad brutal [Andrés Calamaro]. Y no hay ni foto ni video, solamente grabamos canciones cantando, guitarreando. Y así varias veces con Diego, incluso cumpleaños familiares de Benjamín, su nieto. Nosotros compartimos mucho con el Kun Agüero [papá de Benjamín]. Siempre íbamos a los cumpleaños de él, de Gianinna [Maradona], de Benjamín, y Diego siempre estaba ahí. Un grupo chico y era hermoso compartir con él todo eso, porque era exactamente igual que vos lo veías en cualquier lado. Éramos diez y él se subía arriba de la silla y cantaba el feliz cumpleaños gritando.

Coti y Julieta Venegas

–Cuando tenés esa cotidianidad llega un momento en que ya no te pellizcas más, ¿no?

–Obvio y aparte uno también trata de caretear un poco para saber estar, ¿viste? Y con mis hijos también siempre pasó eso. A nuestra casa de repente venían Maxi Rodríguez, Diego Forlán, el Kun, Enrique Iglesias, Paulina Rubio, Julieta Venegas, un montón de gente. Dylan, que era chiquitito, jugaba el fútbol con el Kun Agüero el domingo en casa y para él eso era lo más normal.

–Estuviste en el Teatro Colón y en cuanto escenario se cruzó por tu camino. ¿Qué crees que te está faltando?

–Estuve en el Guggenheim de Bilbao, en el Colón, en The Cavern, donde tocamos este año. Son todos lugares icónicos que ni soñé ni proyecté tocar ahí. Aparecieron, ¿viste? Con lo cual voy a seguir un poco en la misma tónica, no proyectar, no visualizar mucho. Se fueron dando cosas muy hermosas. Como la primera vez que me presenté en el teatro Ópera. Yo ahí la vi a la Negra Sosa cuando volvió al país. Fui con mis padres que me llevaron. Entonces tocar en el Ópera para mí era un sueño; o en el Gran Rex, donde vi a Bob Dylan, a Joao Gilberto, a Caetano Veloso.

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