Los años de esplendor de Borges a través de 16 manuscritos que permiten espiar su “cocina” creativa
MADRID.- La letra microscópica, las tachaduras y las correcciones a mano de Jorge Luis Borges estampadas en hojas numeradas de cuadernos rayados o de registros contables son el centro de una exhibición en homenaje al gran escritor argentino que inauguró hoy en la Biblioteca Municipal Eugenio Trías de Madrid, ubicada en la antigua “casa de fieras”, en uno de los múltiples senderos que se bifurcan del parque del Retiro. En el marco de la Feria del Libro madrileña y a tres días de que se cumplan cuarenta años de la muerte del autor de “El Aleph”, la apertura de la muestra Borges. Años de esplendor literario, que reúne 16 manuscritos de su época de mayor expansión creativa, contó con la presencia de Álvaro Vargas Llosa, su madre Patricia y sus hermanos Gonzalo y Morgana. El hijo mayor de Mario Vargas Llosa es el actual presidente de la Cátedra Vargas Llosa.
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El valioso material exhibido en cuatro vitrinas, con lupas a disposición del público para poder acercarse a la minúscula caligrafía de Borges, integra la colección privada de Alejandro Roemmers (más de 30 mil piezas entre primeras ediciones, ejemplares autografiados y dedicados, cartas, fotografías y objetos), que presentó el libro Borges. La colección, junto con Álvaro Vargas Llosa; el escritor, coleccionista y biógrafo de Georgie, Alejandro Vaccaro; la Delegada de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, Marta Rivera de la Cruz, y el Director de Bibliotecas, Archivos y Museos en de Madrid, Emilio del Río. La selección de manuscritos exhibidos con entrada gratuita hasta el 9 de julio revela el mapa genético detrás de obras canónicas creadas entre 1939 y comienzos de los años 50.

“Es muy conmovedor ver la seguridad con la que Borges escribía esos pequeños textos que serían luego grandes textos que nos permitirán recordarlo”, dijo Mario Vargas Llosa sobre los manuscritos que desembarcaron hoy en Madrid. El volumen Borges. La colección incluye la conferencia que dio el Nobel peruano el 22 de mayo de 2022, en la inauguración de la primera edición de esta muestra en la ciudad de Rosario: “Es muy conmovedor también ver cómo en esos textos, que parecen escritos por un adolescente o por un niño, de escritura minúscula, se iba gestando la aparición de una nueva literatura. Una literatura que estaba hecha de mezclas, extraordinarias, que sólo Borges podía haber inculcado, haber realizado: la Biblia, la literatura inglesa, la literatura nórdica, un español muy bien aprendido, que llegó a iluminar enteramente”.

Durante la presentación, Álvaro Vargas Llosa contó una anécdota protagonizada por su padre en diciembre de 2010 cuando viajó junto con la familia a Estocolmo a recibir el premio Nobel: “Con su habitual modo de ‘elefante en un bazar´, le preguntó al encargado de la visita guiada por la Academia Sueca, justo cuando estábamos recorriendo la sala de deliberaciones, por qué nunca le habían dado el Nobel a Borges. El sueco tragó saliva y le dijo que la institución lamentaba tres decisiones ‘vergonzosas’: una era esa. No reveló cuáles eran las otras dos, pero como tampoco premiaron a Kafka y a Proust podemos imaginarlas”, dijo entre risas y luego remató: “Borges no necesitaba el Nobel”.
Recordó también que, en su familia, hasta la muerte de su padre, tenían como ritual recitar de memoria los comienzos de los cuentos más emblemáticos de Borges. Y, ahí nomás, recitó el inicio de “Las ruinas circulares”: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra”. Hubo aplausos de los asistentes, entre los que se encontraban Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa; el periodista español Juan Cruz Ruiz; Roberto Alifano, amanuense de Borges (que recorre las calles de Madrid a los 82 años con la ayuda de un bastón que perteneció al poeta); y Evangelina Nuño, curadora de la muestra.

Antes de invitar a recorrer la exhibición tomaron la palabra Roemmers y Vaccaro. Ambos coleccionistas agradecieron la presencia de la familia del Nobel peruano y la colaboración del ayuntamiento madrileño y del responsable de las bibliotecas públicas. “El coleccionismo es un acto de rescate, no de posesión –dijo Rormmers-. Este material permite ver el proceso creativo, el rastro humano detrás de una obra monumental. Esta colección es como un laberinto y un reflejo de nuestra identidad cultural. Queríamos que este tesoro estuviera abierto al mundo, que los treinta mil documentos que Vaccaro empezó a recopilar hace cincuenta años perduraran en la memoria colectiva”. Luego, leyó tres de sus poemas dedicados a Borges. Uno de ellos, “Veinte silencios” lo leyó hace justo veinte años, en la Biblioteca de Alejandría, en Egipto. “Hoy tendría que titularlo ‘Cuarenta silencios’”.
Vaccaro, por su parte, autor de los textos del libro junto con Marisa Galvagni, se refirió a la enorme tarea de seleccionar el material. “El coleccionismo es como una adicción y uno se vuelve perfeccionista y busca tenerlo todo. Quizás algún día encontremos la moneda de veinte centavos, como la que aparece en el cuento ‘El Zahir’ o el ‘aleph’”, bromeó. “La colección tiene unos siete mil libros. Hace unos cuatro años empezamos a pensar cómo transmitir esos tesoros. Hicimos un libro de 500 páginas, pero podría haber tenido cinco mil. Este libro marca una nueva manera de escribir una biografía de Borges”. En el salón de conferencias de la biblioteca se vendieron ejemplares del libro a 45 euros (un poco más de 76 mil pesos).
La intimidad del proceso creativo
Antes del ingreso a la muestra, montada en el primer piso de la biblioteca, hubo un breve acto de corte de cinta con Roemmers, Vaccaro y los Vargas Llosa, además de los funcionarios madrileños. Luego, llegó el momento de ver de cerca las réplicas perfectas de los originales borgeanos, con sus adendas y tachaduras, ubicados en cuatro vitrinas.
“Esta muestra que denominamos ‘Años de esplendor literario’ condensa, a través de sus manuscritos, esa íntima relación entre el papel en blanco y toda la magia del creador, el magnífico interregno en los cuales diseminó su obra literaria. Si tuviéramos que establecer un vínculo temporal de esa fructífera época de creación deberíamos situarnos a mediados de los años ‘30, cuando da a conocer ‘El acercamiento a Almotásim’, texto precursor que hoy vemos con claridad prefigura todo lo que después vendrá. Y es en ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, piedra fundacional de su voz narrativa, donde sella un verdadero pacto con la magia creativa que ya lo habita”, explica Vaccaro en el texto curatorial.
El visitante podrá apreciar de cerca una letra diminuta, revelando sus tachaduras, correcciones, alternativas léxicas e interpolaciones. También en ellos se vuelven visibles sus dudas —decía Borges que la duda es uno de los nombres de la inteligencia—, las cuales finalmente se cristalizaban cuando hallaba el adjetivo exacto, la frase bien lograda, aquello que Flaubert señaló como “le mot juste”: la palabra justa.
El recorrido cronológico permite apreciar las estaciones de este derrotero fantástico con información sobre la fecha y el lugar de la publicación original (la mayoría, en la revista Sur; algunos en LA NACION). Así, por ejemplo, se destaca el manuscrito de “Historia de los dos reyes y los dos laberintos”, que integra la segunda edición de El aleph, de 1952. Se había publicado previamente en las revistas El Hogar y Los Anales de Buenos Aires. La pieza es curiosa: son cinco hojas del tamaño de una pequeña libreta de notas marca Patent, que fue de la abuela inglesa de Borges, Frances Ann Haslam (Fanny) y tenía sus iniciales doradas estampadas en la tapa superior. El manuscrito exhibido está está firmado, datado y titulado, escrito en tinta negra y está ilustrado con un laberinto dibujado por el autor, con la inscripción en griego «KNΩΣΩN» , desplegada en sílabas en torno a tres de sus lados.
Entre otras joyas se muestran también tres carillas de “Las ruinas circulares” (de 1940) escritas en hojas de cuaderno; “La lotería en Babilona” (1941), escrito en hojas que llevan el sello Impuestos internos de la nación; “La forma de la espada” (1942), que además de tachaduras, tiene frases agregadas que dan vuelta las páginas enmarcadas con un doble filete hecho a mano por Borges y numeradas.
La exhibición, que permite “espiar” la cocina creativa de uno de los escritores más relevantes de la literatura universal, anticipa el homenaje que a partir de mañana reunirá a diplomáticos, intelectuales y especialistas frente a la mítica tumba de Borges en Ginebra.
